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No. 9 – San Valentin en Japón, y las culturas comparadas

Flores de cerezo rosa adornan ramas con linternas rojas brillantes al fondo. Ambiente sereno y romántico al atardecer.

En 1996, luego de más de 5 años de vivir en Japón, decidí hacer una Maestría en Negocios y Finanzas Internacionales, y Culturas Comparadas en una de las universidades más antiguas de Japón.  Dentro de mí tenía una tensión, ya que, si bien quería profundizar en los estudios de japonología, estaba también al mismo tiempo especializándome en las nuevas tendencias de las finanzas del mundo de la globalización temprana, y del impulso que daba la tecnología a las finanzas internacionales.  Así que hice un programa tremendamente estimulante, con el que fui muy feliz, donde manejábamos muchos datos, metodologías, casos, tanto para una orientación, como para la otra. 


Alguna vez hablaba con la Directora del Programa, la Dra. Linda Grove, una sinóloga norteamericana que había estudiado con algunos de los grandes en su campo, y le decía que me preocupaba qué tanta utilidad iba a tener el pilar de estudios políticos, económicos y sociales comparados (que me fascinaba), frente a lo que estaba aprendiendo y experimentando en el pilar de finanzas internacionales, que fue la orientación de mi tesis de Maestría, sobre la estructura competitiva de la banca de inversión en el mercado de Japón, luego del Big Bang.


Recuerdo hasta hoy las palabras que, más o menos, fueron así: “Alejandro, tú eres un alumno brillante de la Maestría, no te preocupes por el pilar de finanzas internacionales, te está yendo muy bien; nosotros estamos viendo en ti que el pilar de culturas comparadas, te va a servir para todo lo que hagas en la vida, sacas unos insights fabulosos”.   Cuánta razón tenía la Prof. Grove, aunque las consecuencias fueron fatales: si tenía una mente inquieta antes de la Maestría, desde entonces (vamos para 25 años de ello), mi mente no tiene paz.  Cualquier anécdota o dato aislado me sirve para hacer abstracciones y comparaciones que me dejan pensando y cavilando, torturando el dato o la anécdota hasta encontrar relaciones no esperadas.


La disciplina de viajar en el tiempo y en el espacio, que es el mayor tesoro de los comparatistas, es un vehículo que nos permite explicar “modos y mundos ajenos”, tanto a propios como ajenos. Para mí fue una alegría que algunos de mis escritos para explicar el Japón a los japoneses fueran publicados en congresos, medios y libros en Japón.  Y aún hoy, me divierto mucho explicando Panamá a los extranjeros, pero fundamentalmente, a los propios panameños; porque si hay algo que Panamá nos da, es que no tenemos un día igual al otro, ningún día transcurre en aburrimiento, y muchas pequeñas anécdotas, por superficiales que sean, tienen un poder explicativo muy grande para entender nuestra(s) idiosincrasia(s), nuestros “modos” de convivir, hacer política, y de relacionarnos. 


Algunos domingos, para limpiar mente, encuentro algunas joyitas en YouTube, como esta que les comparto, y que tiene relación con lo que les acabo de contar.  Se trata de un canal de YouTube de una parejita (ella uruguaya, él japonés), donde, en este capítulo, nos cuentan lo “diferente” que es la celebración de San Valentín en Japón, de lo que es en Occidente.  Más allá de lo divertido de la forma en que lo cuentan, que en japonés diríamos que es “kawaii” (una expresión que nos remite al sinónimo en inglés, que es “cute”), lo lindo es ver el esfuerzo que está haciendo este joven matrimonio bi-cultural, para explicar sus costumbres a sus seguidores.  A través de este video, si logramos trascender la “petite histoire” que cuentan, veremos algo más profundo:  que el amor es algo universal, que puede incluso superar las barreras, y que descubrir lo “raro”, lo “diferente” y la “otredad” (un tema recurrente en mis primeros escritos de japonología), nos permite hacer el viaje más difícil, pero más imprescindible que debemos hacer (y pocas veces hacemos) los seres humanos: el viaje hacia dentro de uno mismo.  


En 1991, viajé desde Uruguay, el país que está en las antípodas de Japón, hacia ese país, buscando “El Dorado”, el reino de las infinitas oportunidades.  Y no demoré sino un par de semanas para darme cuenta que era en el Japón profundo, representado por ese maravilloso ethos social que hace que esa sociedad sea una de las más preparadas para “ganar en equipo, sin dejar a nadie atrás”, donde estaba el verdadero “El Dorado”.  Es decir, que, como nos debería pasar a todos, me di cuenta que el secreto de la felicidad no está en nada externo, sino en la búsqueda y la reflexión profunda de cómo hacemos que nuestra vida aquí, tenga trascendencia y significado. 


Este regalo que la vida me dio, por casualidad, ya no es mío, sino de muchos con quienes comparto cada tanto estos selfies hacia mí mismo.  Creo que no está mal como regalo de San Valentín, no?  Un fuerte abrazo con el cariño de siempre, “Hypocrite lecteur, mon semblable, mon frere!”   


Alejandro Félix de Souza


 
 
 

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