No. 65 – Del aula de Florencia al logo del MERCOSUR: La mística y el relato para apoyar la narrativa cálida de la integración comercial
- Alejandro Felix de Souza
- 18 ene
- 6 Min. de lectura

Agosto de 1990: dos Europas y un Montevideo atento
Agosto de 1990. Tenía 22 años y acababa de volver de Florencia, recién egresado de un programa de especialización en relaciones internacionales. Allá, Europa se movía con dos realidades paralelas que empezaban a converger: la Occidental avanzando hacia un mercado único —personas, bienes, servicios e ideas—; la Oriental, con marchas y contramarchas, buscando más libertad, más democracia y una racionalidad económica que no se instalaba de un día para otro, ni para la que había un único manual a aplicar, sino que era e iba a ser, y todavía lo es, un proceso de ensayo y error.
Regresé a Montevideo y la gran novedad no venía desde Bruselas, sino desde el Río de la Plata: comenzaba a perfilarse la negociación de un Mercado Común del Sur —el futuro MERCOSUR— impulsado por Brasil y Argentina, con Uruguay y Paraguay levantando la mano tempranamente, con ese instinto típico de los países geográficamente más pequeños: “no nos dejen afuera”.
Integrados y excluidos: una intuición con método
Mi tesis final del programa en Florencia trataba de un tema parecido, pero en clave europea: “integrados y excluidos”. Analizaba los dos procesos de liberación comercial y económica en Europa Occidental: la Comunidad Económica Europea (la “Europa de los Doce”), y la EFTA o Asociación Europea de Libre Comercio (la “Europa de los Seis”). Un joven economista norteamericano, el Dr. Paul Krugman, luego Nobel de Economía, afamado columnista y autor, y entonces Profesor junior en el Instituto Universitario Europeo de Fiésole, en las afueras de Florencia, fue una fuente recurrente de mi investigación.
Y mi trabajo anunciaba algo bastante lógico, que terminó ocurriendo unos años después: que la fuerza de atracción centrípeta del bloque comunitario terminaría ampliándolo hacia una “Europa de los Dieciocho”, incorporando a todos o a la mayoría de los países de la EFTA al proceso que desembocaría en la Unión Europea a fines de 1992, que reemplazaría a las que entonces conocíamos como Comunidades Europeas.
Más allá del planteo de mi tesis, lo relevante era el mecanismo: la integración no solo se negocia; también crea incentivos que reordenan preferencias y alinean expectativas.
El MERCOSUR y el desafío de explicarse
Viendo “en vivo” en Europa las tensiones de opinión pública —las promesas y los temores que genera delegar soberanía a instancias supranacionales— se me ocurrió que el MERCOSUR podía tropezar con un problema clásico: si se construía únicamente en círculos diplomáticos como acuerdos de cancillerías, sin traducción ciudadana, sería frágil y con piernas cortas.
Por eso hice un informe analítico proponiendo que el naciente MERCOSUR desarrollara una narrativa y una mística cívica mínima: un “motivador” que ayudara a explicar, con lenguaje simple, qué se estaba intentando construir y por qué valía la pena.
Una idea concreta: un concurso para el logo
En ese marco, propuse una herramienta práctica: convocar a un concurso abierto al público para diseñar el logo y la identidad visual del MERCOSUR. La idea era doble: aumentar la difusión y, de paso, involucrar a una base poblacional más amplia en un proceso que se estaba negociando con prudencia, casi en voz baja.
No era un detalle estético: era una forma de darle al proyecto un símbolo reconocible, y al ciudadano, una puerta de entrada para “conectarse” de forma más cálida a un proceso que necesitaba explicarse más.
Mis referentes y el salto a Tokio
Ese producto se lo presenté al Embajador Guillermo Valles (hoy asesor del Secretario General de ALADI, mi ex jefe Sergio Abreu). Guillermo era mi modelo de vocación en temas económico-comerciales junto a los Embajadores Gustavo Magariños y Carlos Pérez del Castillo, figuras icónicas de la diplomacia económica uruguaya.
Luego vino el giro: participé del mecanismo que impulsó mi ex Profesor y Director de la Academia Diplomática, y ahora Canciller del Uruguay, el Dr. Héctor Gros Espiell, para asignar destinos diplomáticos combinando preferencias del funcionario y necesidades del servicio. Yo, europeísta declarado, fui enviado a Tokio. Paradójico, sí, pero a mí me fascinó. Japón era “hot” y “cool”: sofisticado y enigmático, disruptivo e innovador.
Montevideo era y es hasta hoy, a más de 18,000 kilómetros de distancia, la ciudad capital que se encuentra más lejos de Tokio (en 1991, llevaba unas 32 a 36 horas el viaje desde la puerta de mi casa oriental del Uruguay a la puerta de mi casa oriental japonesa). Me iba muy lejos, pero feliz de trabajar en un país que estaba en un momento de gran proyección internacional y era, a la vez, un laboratorio social y económico que Occidente miraba con mucha atención.
Me hice a la idea de que ni Europa ni el MERCOSUR estarían en mi eje inmediato. Tenía 22 años; era precoz, había cruzado muchos puentes para una persona de mi edad, y era también consciente de que había tiempo para construir carrera con calma: había leído mucha historia, economía y filosofía, y había entendido que la vida es maratón, no pique corto. Allí en Japón, sin darme cuenta, comencé el permanente recorrido de lo que dice mi esposa respecto a mí: “Alejandro se reinventa todo el tiempo, cuando crees que lo puedes encasillar, siempre agrega una ventana más a lo que ya tiene y conserva”.
1991: una madrugada sin internet - 2026: un regreso mental
Cuál no sería mi sorpresa cuando una madrugada de 1991 —cuando no había internet, redes sociales ni IA—, el Embajador Guillermo Valles me despertó para pedirme que le reenviara el informe, incluyendo la propuesta de alfabetización pública sobre el MERCOSUR a través de una convocatoria abierta para el logo. Un tiempo después, el concurso se concretó, y el diseño ganador fue el del ciudadano argentino Carlos Varau. No me sorprendió el resultado: los argentinos siempre han tenido ese “je ne sais quoi” para la publicidad y la gráfica.
Ayer, 17 de enero de 2026, mirando desde mi querido Panamá lo ocurrido en Asunción —por esas cosas divinas que tiene la vida, las banderas de Uruguay y Panamá estaban juntas, y también las del MERCOSUR y la Unión Europea— sentí un “flashback” a ese Alejandrito de 22 años.
Vi con orgullo la calidad profesional de varias presentaciones de países que a veces se etiquetan como “menores” con ligereza: José Raúl Mulino por Panamá (me encantó su toque personal y su muy potente discurso, para mí el mejor, y declaro algo aquí que mis compatriotas panameños quizás no han reparado lo suficiente, y que no es un dato menor tratándose de un país en el istmo centroamericano: desde México a la Argentina, José Raúl Mulino es el Presidente latinoamericano actual con más sólida experiencia internacional y entendimiento del mundo, y de cómo eso se relaciona con temas dentro de fronteras, y eso se nota en su aplomo y claridad), Yamandú Orsi por Uruguay (un discurso muy bien planificado y bien entregado con la típica sobriedad uruguaya y el estilo campechano y cercano de Yamandú, poco dado a los gestos dramáticos), Santiago Peña por Paraguay (un presidente que me encanta por su historia personal, por su preparación y gran competencia profesional como gobernante, un “game changer” para Paraguay), y Rodrigo Paz por Bolivia (alguien que se nota que lleva en la sangre y en la cabeza el conocimiento de ese saber tan difícil de dominar con solvencia, en este mundo de improvisados, que es la gobernanza de lo público).
Hoy quizá yo quisiera un MERCOSUR más abierto, más libre y menos cauteloso. Pero el principio de mis preocupaciones del “Alejandrito” de 22 años de fines de los años ochenta y principios de los noventa se mantiene intacto: es positivo que los países construyan hábitos de diálogo, negociación e intercambio —de bienes, de personas y, sobre todo, de ideas— porque eso eleva el costo del conflicto y mejora la densidad de la convivencia. En el fondo, el comercio bien entendido no es solo economía: es institucionalidad, confianza y reglas compartidas.
Desde los fenicios -esos fenomenales conectores civilizatorios, ancestros remotos de la Beirut de mi abuelo libanés- el comercio es una forma de humanizar el mapa: llena de contenido la convivencia, y en muchos casos, desmoviliza el belicismo. Por eso me sigue gustando ver a Panamá y Uruguay, pequeños en territorio, pero enormes en espíritu, recordándole al mundo algo elemental: que la paz también se fabrica con puentes.
¡Que disfruten este domingo “biológicamente optimista”!
Alejandro Félix de Souza







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