No. 64— Externalidades positivas, análisis comparados: un mujeriego y un arruinado en las independencias de Uruguay y Panamá
- Alejandro Felix de Souza
- 7 sept 2025
- 20 Min. de lectura
Actualizado: 10 dic 2025

Queridos amigos:
Hace unos días, estuve en Uruguay participando junto a autoridades y ciudadanos, en la celebración “con austeridad y solemnidad republicana” de los 200 años de la Declaratoria de Independencia del Uruguay, un proceso que culminó en 1830 con la Jura de la Constitución de la nueva república, que desde un comienzo poco auspicioso se ha ha convertido en una de las 12 democracias integrales del mundo, según el ranking de la prestigiosa revista británica “The Economist”.
El Alejandrario de hoy conecta directamente con mi formación y vocación de comparatista. Mi familia comparte a la vez dos patrias y también dos puntos de partida y de destino. Compartimos puntos de partida: el origen de la familia ocurrió en Japón, cuando dos diplomáticos y orientalistas se conocieron en Tokio hace más de 30 años; y el pertenecer a dos exitosas pequeñas repúblicas que tuvieron un origen inesperado, y para muchos, llenos de dudas sobre su futuro.
Y también puntos de destino: ambos decidimos vivir, por esos guiños de la vida y de la historia, en lo que fueron recíprocamente nuestros países de origen (María Gabriela en Uruguay, yo en Panamá, lo que es una divertida jugarreta del destino).
¿Y cómo se vincula esto ya no con el nacimiento de la familia “urujapomeña” que comenzamos a formar en 1994, cuando unimos nuestras vidas, sino con la historia de nuestros países? El Alejandrario de hoy (desde una perspectiva “detectivesca” de la historia, encontrando trazas comunes donde la mirada normal no las detecta, porque “el que busca, encuentra”) produce un ángulo inesperado en el análisis comparativo: encontrar puntos comunes en el pasado y en el presente (y que proyectan su sombra hacia el futuro) en el nacimiento de ambas repúblicas (Panamá y Uruguay), y cómo son casos de presentes exitosos a partir de comienzos que generaban muchas dudas entre sus contemporáneos.
¿Dos protagonistas inesperados de este éxito común, que describo, integrando diferentes campos del conocimiento, como “externalidades positivas”? Un aristócrata inglés mujeriego y un ingeniero francés ambicioso y arruinado.
1. DOS PATRIAS QUE TUVIERON “DOS FECHAS DE NACIMIENTO”
Panamá y Uruguay, dos países pequeños en el mapa de América Latina, comparten una peculiaridad poco mencionada: ambos tuvieron que declararse independientes no una, sino dos veces. La primera vez, como es común en la historia americana, fue para liberarse del dominio colonial español. La segunda, más compleja y contradictoria, fue para separarse de un país vecino: Colombia en el caso de Panamá, Brasil en el caso de Uruguay.
Panamá se independizó de España en 1821, como parte de la Capitanía General de Nueva Granada, pero de inmediato fue incorporado a la Gran Colombia, en una unión que prometía fuerza regional, pero terminó en centralismo y desatención. Casi un siglo después, en 1903, Panamá se separó de Colombia. Uruguay, por su parte, inició su camino a la libertad en 1811, pero tras diversas ocupaciones—portuguesa primero, brasileña después—se declaró independiente del Imperio del Brasil en 1825, tras haber sido ignorado por las Provincias Unidas del Río de la Plata.
Ambos episodios fueron el resultado de desengaños: los panameños se sintieron relegados y desprotegidos por Bogotá, que no supo responder ni a sus necesidades ni a sus oportunidades. Los orientales—como se conocía a los pobladores del hoy Uruguay—fueron víctimas de una doble marginación: primero, las Provincias Unidas los dejaron librados a su suerte tras las campañas contra el padre fundador de la autonomía de los “orientales del Uruguay” dentro de su sueño, una Liga Federal de los Estados del Sur de América, José Gervasio Artigas; luego, el Reino de Portugal, sucedido luego por el recién declarado Imperio del Brasil los absorbió (muy brevemente, cabe aclarar) como Provincia Cisplatina (la provincia de “este lado del Río de la Plata”).
En ambos pueblos, el hoy panameño, antes “istmeño” y el hoy uruguayo, antes “oriental”, se gestó lentamente una conciencia: si no somos prioridad para nadie, lo mejor es que seamos nuestra propia prioridad. Arreglémonoslas solos: no nos debería ir peor que con lo que teníamos.
Esa doble emancipación no condenó a ambos países a la irrelevancia, sino que moldeó a ambos países como naciones con un extraño aire de resiliencia, capaces de reinventarse en medio de la fragilidad de sus nacimientos, como “bebés prematuros” que luego mostraron una asombrosa fortaleza y madurez: países pequeños en territorio, pero muy exitosos en su capacidad de proyectarse mucho más allá de su tamaño.
Y así lo hicieron. Pero no lo hicieron solos y allí tenemos que ser honestos con nuestros mitos fundacionales, que son hermosos pero no necesariamente rigurosamente históricos. En el corazón de estas segundas independencias, como lo han revelado documentos históricos que enriquecen nuestras perspectivas de los mitos de origen de nuestras repúblicas, surgen sigilosamente dos figuras extranjeras, tan ambiciosas como caídas en desgracia (y de esto la historia, como “Magistra Vitae”, nos envía guiños, ironías, y muchas enseñanzas), que convirtieron su desgracia personal en una “externalidad positiva” que generó para el mundo dos ejemplos de exitosos países de pequeña dimensión geográfica.
Este es el relato paralelo de Lord John Ponsonby y Philippe Bunau-Varilla, cuyas historias personales se engarzan con el sentimiento independentista y autonomista que está en el origen de nuestras nuestras dos repúblicas.
2. DOS INDIVIDUOS CUYAS PERIPECIAS PERSONALES SE INTEGRAN A PROCESOS HISTÓRICOS
La historiografía suele disolver los hechos en procesos impersonales: “el movimiento de las ideas”, “las fuerzas sociales”, “los condicionantes económicos”. Sin embargo, de tanto en tanto, aparecen individuos que se integran a estos procesos aparentemente “impersonales” (y en Uruguay y Panamá tenemos varios ejemplos: José Artigas, José Pedro Varela, José Batlle y Ordóñez, Luis Alberto de Herrera en el caso uruguayo; Belisario Porras, Ricardo J. Alfaro, Arnulfo Arias, Omar Torrijos en el caso panameño, por citar algunos ejemplos no exhaustivos, pues hay muchos más prohombres de lado y lado), y su intervención tuerce rumbos o crea nuevos. Son catalizadores, son “parteros” de la historia.
En el caso que nos ocupa, se trata de personajes que convierten su desgracia en una plataforma no anticipada para mejores cosas, para generar, inesperadamente, “externalidades positivas”. Uruguay tuvo a Lord John Ponsonby; Panamá, a Philippe Bunau-Varilla. Ambos extranjeros, ambos con biografías turbulentas, ambos transformando su exilio o frustración en una contribución al nacimiento de países que estaban bastante listos y “hartos del abandono” para desear con mucha más convicción que antes, la necesidad de asumir su propia conducción y su propio destino.
Es curioso: la independencia de estas dos repúblicas terminó siendo, en parte (no estoy para nada de acuerdo con quienes niegan que en ambos países había una intensa voluntad de independizarse), el proyecto personal de estos personajes, que terminaron siendo “parteros de la historia” de los fuertes sentimientos independentistas en ambas poblaciones. En ellos se cumple la paradoja: un destino colectivo pudo concretarse gracias a la ambición individual de hombres que, al principio, no parecían llamados a protagonizar nada glorioso.
3. EXTERNALIDADES: DE LO NEGATIVO A LO POSITIVO
En economía hablamos de “externalidad negativa” cuando la acción de alguien perjudica a terceros sin pagar el costo, como ocurre con la contaminación ambiental o auditiva. Es un efecto colateral, un costo social no asumido. Pero existen también “externalidades positivas”: beneficios inesperados que se generan sin que hayan sido buscados directamente.
La independencia de Uruguay y de Panamá pueden entenderse, en parte, como externalidades positivas de decisiones tomadas por personas ajenas al territorio. Lord Ponsonby no buscaba liberar a los orientales, sino estabilizar la región para el comercio británico, recuperar su prestigio y terminar con el exilio consecuencia de sus líos de faldas. Philippe Bunau-Varilla no aspiraba a la libertad del istmo, sino a lograr un canal que rescatara su inversión, su prestigio personal, y la gloria de Francia como iniciadora de un esfuerzo que no debía ser descripto como un fracaso. Sin embargo, las acciones de ambos, como “una mano invisible” (recuerden mi Alejandrario sobre los 300 años de Adam Smith, fundador de la economía como ciencia), generaron “externalidades positivas”: resultaron en nacimientos nacionales relativamente exitosos.
En definitiva, Lord Ponsonby, diplomático inglés, bon vivant y mujeriego impenitente, logró lo que los orientales solos no podían: colocar a la Banda Oriental en el mapa como república independiente. Su intervención fue como la de un árbitro excéntrico que, sin proponérselo del todo, cambia la dinámica y la historia del juego cuya chispa había iniciado en abril de 1825 la Cruzada Libertadora de los 33 Orientales, que, con Juan Antonio Lavalleja al frente, desembarcaron en la playa de La Agraciada para “cruzar el Rubicón, el punto de no retorno” simbolizado en el lema de la bandera de la Cruzada, cuyo lema reza “Libertad o Muerte”, es decir, “liberar la patria o morir en el intento”. Ese hecho dio inicio formal al proceso de liberación del Imperio del Brasil.
El día del desembarco de los “Treinta y Tres” (cuando uno dice en Uruguay ese número, todo el mundo sabe a qué se refiere) está testimoniado en uno de los cuadros más importantes de la iconografía latinoamericana, que se puede admirar en el Museo Blanes de Montevideo: el enorme lienzo de Juan Manuel Blanes (que me asombra desde mi infancia y que siempre relaciono con los enormes cuadros de Louis David en el Museo del Louvre), inmortalizó a los Treinta y Tres con un dramatismo casi teatral, de escena de ópera. Y ya que estamos hablando de música, aquí hay una anécdota divertida, también uruguayo-panameña: el famoso grupo de Rock panameño “Los 33”, tomó prestado ese nombre heroico de los “Treinta y Tres Orientales” para bautizar a su propuesta musical.
En ambos casos, el de Uruguay y el de Panamá, existía un profundo sentimiento de abandono: Buenos Aires había dejado solos a los orientales; Bogotá ignoraba las urgencias de los istmeños. Lo que hicieron Ponsonby y Bunau-Varilla fue catalizar, amplificar, y contribuir a legitimar internacionalmente lo que ya era un reclamo encendido. La independencia fue un acto colectivo que necesitó, como tantos en la historia, de un forastero oportunista que jugara a favor (me recuerda al personaje de Michael Douglas en la película “Black Rain”, que es una de las mejores películas para explicar el Japón a los occidentales).
4. PONSONBY: DEL ESCÁNDALO DE ALCOBA A ARQUITECTO DE PAÍSES, COMO UN “DELIVERY” DE INDEPENDENCIAS
John Ponsonby, futuro Vizconde Ponsonby de Imokilly, nació en 1772 en una aristocrática familia irlandesa conectada con los círculos de poder británicos. De joven, se distinguió más por su encanto que por su prudencia. Alto, apuesto, con modales elegantes y verbo fácil, se convirtió en un seductor profesional. Sus aventuras con mujeres casadas le ganaron la admiración y, claro está, el murmullo de los salones, y el odio y el desprecio de muchos de sus contemporáneos.
No estaba solo en la familia: su´prima, Lady Caroline Ponsonby-Lamb -esposa de William Lamb, Lord Melbourne, quien en el futuro fue el primer ministro con el que inició su legendario reinado la Reina Victoria, fue amante de Lord Byron (el famoso poeta y protagonista lírico de la independencia de Grecia, y también padre de una de los personajes más queridos de mi libro de Inteligencia Artificial: Ada Byron-Lovelace, diosa madre de las tecnólogas de la información, con un Premio que lleva su nombre, y pionera del Machine Learning y de las “máquinas pensantes” en el siglo XIX).
“Caro” Ponsonby-Lamb, como le llamaba Lord Byron, tuvo una tormentosa relación con él, que terminó muy mal, al punto que en unas cartas a sus amigas (que se volvieron famosas en la caracterización del escritor), lo describió como “loco, malo y peligroso si le sigues la corriente”. Caroline fue también por un breve tiempo la amante de otro hombre célebre: nada menos que Arthur Wellesley, el Duque de Wellington, el gran vencedor de Napoleón, justo después de que el Duque regresara victorioso de derrotar al Emperador de los franceses en las llanuras de Waterloo, en Bélgica (país que pronto veremos entrar en la escena de este Alejandrario).
Volvamos ahora a Lord John Ponsonby, que venía de protagonizar un escándalo digno de las revistas del corazón: había sido por muchos años el amante de la amante (ah, la divertida “propiedad transitiva del amor”) del mismísimo Rey Jorge IV cuando éste era Príncipe de Gales (cualquier coincidencia con los escándalos de los “royals” del presente es mera coincidencia; para complicar más la cosa, algunas ramas de los Ponsonbys estaban emparentadas con los Spencer, rama familiar de la Princesa Diana).
La manzana de la discordia se llamaba Lady Conyngham, una de las bellezas más admiradas de la época, como podemos ver en hermosos óleos, de quien el Rey Jorge IV estuvo perdidamente enamorado hasta su fallecimiento en 1830, y quien lo acompañó hasta su lecho de muerte.
Las delicias mezcladas con problemas amatorios de Lord Ponsonby no terminaban allí, pues una de sus amantes despechadas, Harriette Wilson, publicó en 1825 lo que fue denominado en Londres y en todo el reino, “el escándalo del siglo”: Las Memorias de Harriette Wilson, Publicadas por Ella Misma (The Memoirs of Harriette Wilson: Written by Herself).
En sus páginas, sin vergüenza, sin remordimientos ni disculpas, Harriette contaba los secretos íntimos de algunos de los hombres más poderosos de Gran Bretaña (estadistas, nobles, diplomáticos, hombres de alcurnia), incluyendo al hombre que había amado por encima de cualquier otro: John William Ponsonby, a quien dedica la mayor parte de su libro.
Nacida en Suiza, Harriette se estableció en Londres como amante de hombres poderosos, pero además de tener belleza e ingenio, tenía una increíble memoria y era muy buena para la escritura. Y para que se vea lo chico que era el mundo de Londres en ese momento, al igual que Lady Caroline Lamb, compartió sábanas con el Duque de Wellington, y también fue amante del esposo de Caroline, Lord William Lamb, y de su hermano, el diplomático Frederick Lamb, Lord Beauvale (otra vez: cualquier parecido entre los hermanos Kennedy compartiendo a la misma amante -Marilyn Monroe- parece pura coincidencia, o son guiños de la historia para que nos demos cuenta que hay cosas que parecen de ahora, pero que son añejas)
A mediados de los 1820s, Harriette había ya estaba “pasada de edad” para la época, y enfrentando estrecheces financieras y el sentimiento de abandono de sus protectores, se acercó a varios de ellos amenazándolos con una “conveniente propuesta de negocios”: paga por mi silencio, y no publicaré tu nombre. Muchos ignoraron la amenaza o la rechazaron, entre ellos el Duque de Wellington, quien respondió con la ahora frase inmortal: "Publish and be damned!” (“publica y que te condenen”). Y eso fue exactamente lo que hizo.
Y aquí una mente atenta de detective de la historia encontrará una perla, un hallazgo: la incitación del Duque de Wellington a Harriette desató una “externalidad negativa” en muchos de sus “colegas amatorios” de Henriette: una tormenta perfecta que alcanzó muy especialmente a Lord Ponsonby. Arthur, Arthur, mi querido Duque de Wellington, has tenido suerte, la historia no te marcó por este desliz…
Las memorias de Henriette fueron serializadas en 1825 (el mismo año de la Declaratoria de la Independencia de Uruguay), y publicada por un famoso editor de literatura erótica y de escándalos (sería el Hugh Hefner, el editor de Playboy de ese entonces): John Joseph Stockdale. Las “Memorias” marcaron un estilo, un “antes y después” para la época; no era una novela con alusiones, sino un descarnado “voy a contarles todo". Contenía nombres, describía habitaciones en detalle, y ofrecía comentarios muy punzantes sobre la hipocresía de la moral aristocrática.
En el desfile de nombres ilustres, un nombre destacaba: el de nuestro “buen” Lord Ponsonby. Se refería a él como el único hombre que verdaderamente había amado, el único que no sólo le despertaba pasiones, sino también su afecto. Ponsonby era el hombre más apuesto de su época y era una leyenda viva: se decía que en la Francia Revolucionaria, cuando era muy joven y visitaba París, una turba revolucionaria lo iba a guillotinar, y un grupo de mujeres intercedió, poco menos que exclamando indignadas que “guillotinen a cualquier otro, pero por favor no corten esa cabeza tan bonita”. Como decían mis maestros italianos, “se non e vero, e ben trovato”: bueno, si no es verdad, al menos está divertida la anécdota.
A los que les gusta pasear por Hyde Park cuando van a Londres, pueden entonces visualizar cómo fue ese primer encuentro: Harriette vio a Ponsonby en ese parque, mientras paseaba a su perro con un amigo. Su elegancia y sus modales la fascinaron, y comenzó a ir diariamente al parque sólo para echarle una mirada a Ponsonby. Esta admiración obsesiva se trasladó a una carta de “fan” cuando finalmente supo quién era este apuesto señor (en esa época no había “Facebook”, “Instagram”, “Whats App” o “Snapchat”, así que una “stalkeadora” o un “stalkeador” la tenían más difícil...).
Contra todas las expectativas, la carta de Harriette fue contestada por Ponsonby, y comenzó una serie de encuentros clandestinos. Harriette cuenta que Ponsonby resistió sus encantos por un tiempo, pero que al final fue conquistado por ellos. Si bien se sabe que en sus Memorias Harriette embelleció un poco la historia, ella sugiere que él fue el único hombre que no la veía como un “objeto a comprar”, y que sus conversaciones eran tiernas e inteligentes. Ella dice que la relación se terminó porque Ponsonby quería mantenerse fiel a su esposa, lo que la afectó muchísimo.
Las “Memorias” causaron sensación, no sólo por su audacia, sino por mostrar las hipocresías de la época (pre-Victoriana). Lord Ponsonby “cargó con el muerto” y enfrentó la ira social por este escándalo, que en realidad había sido originado por el Duque de Wellington, como lo conté arriba.
Harto de la cercanía del ex amante de su amante Lady Conygham, y aprovechando el escándalo que se generó con la publicación de las “Memorias” de Harriette que tenían a Lord Ponsonby como principal protagonista y “chispa encendedora de hogueras”, se dice que el Rey Jorge IV le pidió al ya legendario George Canning, entonces Ministro de Asuntos Exteriores, y uno de mis “modelos de rol” como Ministro de Relaciones Exteriores, que se encargara de enviar a Lord Ponsonby al lugar más lejos y con más torbellinos políticos que pudiera, para mantenerlo entretenido en otras cosas que no fueran las mujeres. El hombre había caído en desgracia, es decir, que “perdió la gracia del Rey”, con las consecuencias de un exilio diplomático.
¿Y adivinemos a dónde lo envió? A Río de Janeiro y Buenos Aires, como enviado especial del Gobierno británico, para mediar entre las dos grandes potencias sudamericanas: las Provincias Unidas del Río de la Plata y el Imperio del Brasil, que estaban en guerra y disputa por el territorio de la Provincia Oriental del Río Uruguay.
Y como decimos en Panamá, “ahora es que la historia se pone buena”. Pero les pido que me den un tiempo más para mandarles la segunda parte más tarde en el día de hoy. ¡Hay que alimentar el cuerpo para que la mente esté nutrida!
Alejandro Félix de Souza (sigue la parte 2)
ALEJANDRARIO No. 64, PARTE 2 - EXTERNALIDADES POSITIVAS, ANALISIS COMPARADOS: UN MUJERIEGO Y UN ARRUINADO EN LAS INDEPENDENCIAS DE URUGUAY Y PANAMÁ
5. LORD PONSONBY: DE LA DESGRACIA EN SUDAMÉRICA A LA FAMA EN EUROPA
¿Por qué a Gran Bretaña le interesaba que regresara la paz a la cuenca del Río de la Plata? Por dos razones muy poderosas: la región era una de las principales importadoras de bienes fabricados en Gran Bretaña, que eran transportados en barcos británicos, y las guerras obstaculizaban el transporte y el comercio; y porque lo que hoy son los territorios de Uruguay, Argentina y el Sur de Brasil, eran los principales proveedoras de un insumo fundamental para la naciente Revolución Industrial que marcó la historia del mundo en el siglo XIX: los cueros exportados de la región eran usados no sólo para fabricar botas y zapatos para soldados y civiles; eran un insumo clave y fundamental en las correas de las máquinas en las fábricas de quien ya era en ese momento la principal fábrica del mundo: las Islas Británicas.
Ponsonby llegó al Río de la Plata con una misión imprecisa, pero con una convicción clara: que el caos regional era también una oportunidad. Se encontró con un conflicto entre el Imperio del Brasil y las Provincias Unidas por la Banda Oriental, un territorio que ninguno gobernaba bien. Fue en ese contexto que surgió su mayor hazaña: mediar para crear una “república colchón”, un estado neutral entre Brasil y Argentina, que estabilizara la región y, de paso, asegurara los intereses comerciales británicos: el Río de la Plata, y por ende, la entrada a los Ríos Panamá y Uruguay, para llegar al corazón de América Latina, no sería de total dominio argentino ni brasileño, sino que se colocaría allí un “estado Tapón”.
Lord Ponsonby no solo propuso la creación de Uruguay, sino que tejió pacientemente las alianzas necesarias para que ambas potencias lo aceptaran. En 1828, gracias a sus gestiones, se firmó la Convención Preliminar de Paz que dio origen a la República Oriental del Uruguay. Fue, en palabras de algunos historiadores británicos, “una almohadilla entre dos cristales; la independencia diplomática mejor lograda del siglo”.
Ponsonby no se detuvo allí. Su método—crear países neutrales entre potencias en pugna—fue exportado con éxito a Europa. En 1830, participó activamente como embajador en la mediación que llevó a la independencia de Bélgica frente a los Países Bajos y a Francia. La fórmula uruguaya, aplicada en versión flamenca. Ponsonby parecía un “delivery” de independencias, aplicando metodologías probadas.
Lord Ponsonby terminó su carrera como embajador en Constantinopla, donde defendió el equilibrio otomano con idéntico pragmatismo: mejor que haya un país, aunque sea pequeño, que un vacío de poder. Murió en 1855, a los 83 años, sin dejar hijos, pero dejando otros hijos: dos países cuyas capitales son hoy las capitales de organismos regionales: Bruselas para la Unión Europea, Montevideo para el MERCOSUR. Algunos lo acusaron de ser un agente imperial. Otros, de ser un constructor de paz.
Lo cierto es que, expulsado por sus pasiones, terminó forjando países. Lo curioso es que Lord Ponsonby nunca puso un pie en la exitosa República Oriental del Uruguay (la occidental, para los que me preguntan, es la República Argentina), a la que contribuyó a convertir en realidad.
6. BUNAU-VARILLA: DEL SUEÑO DEL CANAL FRANCÉS AL SUEÑO DE UN PAÍS INDEPENDIENTE
Philippe Bunau-Varilla nació en París en 1859, en una familia acomodada. Ingeniero formado en la École Polytechnique, fue uno de los primeros en involucrarse con el fallido canal francés de Panamá, liderado por Ferdinand de Lesseps. La empresa quebró en 1889 tras un colosal escándalo de corrupción, arrastrando consigo la reputación de todos los implicados. En esa época en Francia, cuando se quería decir que había un gran escándalo o un gran lío, se usaba la expresión “¡Quel Panama!”. Esto da la dimensión del impacto que tuvo en la reputación de Lesseps y de sus colaboradores, la quiebra de la Compañía del Canal de Panamá, que había creado con gran ilusión. Bunau-Varilla, que había invertido su capital y su nombre, también quedó arruinado y desacreditado en Francia.
Durante más de una década, vagó entre París, Nueva York y Washington buscando convencer a algún gobierno de retomar el proyecto canalero. En 1901, el gobierno francés vendió sus derechos de excavación a una empresa estadounidense: la New Panama Canal Company, en la cual Bunau-Varilla tenía aún intereses residuales. La posibilidad de recuperar su fortuna, aunque modesta, parecía menos remota.
Fue Bunau-Varilla quien detectó que Colombia estaba tratando de renegociar los términos del canal con Estados Unidos. Y fue él quien ofreció una alternativa: apoyar un movimiento secesionista en Panamá que permitiría firmar un tratado directo con los estadounidenses. Esto es otra historia que parece sacada de un guión de película de NETFLIX, y que está muy bien contada en el libro (que mencioné en un Alejandrario anterior) “The Path Between the Seas” del genial historiador estadounidense David McCullough, y en un libro que lo complementa muy bien, que se llama “El país creado por Wall Street” de Ovidio Díaz Espino. Ambos libros han prendido la chispa de otros excelentes intentos, tanto académicos como literarios y de ficción histórica, sobre diferentes ángulos de las fascinantes historias y tramas que involucraron el proceso secesionista de Panamá de la República de Colombia.
En noviembre de 1903, mientras los patriotas panameños se alzaban en su territorio y se consolidaba la independencia de Colombia, Bunau-Varilla estaba en Nueva York negociando con el secretario de Estado John Hay, gran benefactor de la Universidad de Brown, una de las “Ivy Leagues”, cuya biblioteca lleva su nombre. A espaldas de los panameños, y a toda velocidad antes de que la delegación panameña llegara a Washington a conversar directamente con las contrapartes estadounidenses (se desconfiaba de las intenciones del francés), Bunau-Varilla firmó con John Hay el Tratado que lleva sus apellidos el 18 de noviembre de 1903 (lo que podríamos definir como “el tratado infame”), a menos de dos semanas de que finalizaran las proclamas independentistas en el territorio istmeño.
Lo hizo como “embajador” de un país que aún no lo había nombrado, con unas condiciones muy gravosas para el nuevo país, provocando que los nuevos dirigentes del Gobierno panameño, ante los hechos consumados y presentados como “irreversibles”, protestaran indignados con la osadía del francés. A cambio del reconocimiento y protección del nuevo estado, Panamá cedía perpetuamente a Estados Unidos el control del canal y de una zona adyacente en ambas riberas.
Las iniciativas iniciales de la naciente república panameña por revertir las pesadas condiciones del tratado Hay-Bunau Varilla fueron infructuosos, pero décadas de esfuerzo por parte de generaciones de dirigentes y fuerzas de la sociedad que en ocasiones se expresaron vehementemente en las calles en rechazo de los mismos, y en favor de dos hitos fundamentales para la dignidad nacional: la integridad territorial con la eliminación de la Zona del Canal, y el traspaso de Administración del Canal para convertirse en una entidad del Estado panameño (hoy con más de 25 años de exitosa existencia, y que se puso al hombro la construcción de un nuevo Canal inaugurado y operado exitosamente desde el año 2016), condujeron a un ejemplar proceso de negociación y ratificación plebiscitaria de los nuevos Tratados del Canal, que llevan el nombre de Torrijos-Carter, en honor de los dos líderes de las naciones que firmaron los mismos en 1977.
Bunau-Varilla no volvió nunca a Panamá. Pero su aventura relacionada con Panamá le permitió convertirse en millonario y héroe nacional francés. Recibió condecoraciones y múltiples reconocimientos en Estados Unidos y en Francia, y murió en 1940 en Versalles, considerándose a sí mismo (con visión de ingeniero, para variar) como “el padre técnico” de la independencia panameña. Se abstuvo de describirse a si mismo como “el padre moral”.
Muchos panameños lo ven aún con sospecha: ¿fue un oportunista o un visionario? ¿Un traidor o un fundador? Tal vez fue todo eso. Lo cierto es que, como Ponsonby, fue un alquimista que convirtió su desgracia personal en un factor contribuyente a la creación de una nueva nación.
7. HARTAZGOS QUE HACEN PATRIA
No conviene romantizar en exceso nuestros procesos de origen como naciones independientes. Ni en Uruguay ni en Panamá la independencia fue un acto unánime ni puro. Fue, sobre todo, una reacción visceral a la frustración.
En la Banda Oriental, los orientales sentían que Buenos Aires los había abandonado frente al avance portugués. El artiguismo había sido derrotado, Artigas había partido al exilio en Paraguay, y los brasileños imponían su autoridad total sobre el territorio hacia 1820. Pero en 1825, un grupo de exiliados en Buenos Aires organizó la Cruzada Libertadora: 33 hombres, encabezados por Juan Antonio Lavalleja, cruzaron el Río Uruguay y desembarcaron en la playa de La Agraciada. Su objetivo: liberar la provincia cisplatina y reincorporarla a las Provincias Unidas. Pronto se dieron cuenta de que estaban nuevamente solos. Esa soledad, sumada al rechazo a los abusos imperiales brasileños, consolidó la idea de que la Banda Oriental debía ser república.
En Panamá, las élites istmeñas habían tenido siglos de autonomía de facto. Durante el virreinato, habían sido puente comercial, pero también marginales en las decisiones políticas de Bogotá. A pesar de sus lealtades bolivarianas, cuando Colombia centralizó el poder y mostró incapacidad para concretar el canal, el sentimiento fue de desilusión. Como los orientales, los panameños comenzaron a pensar que lo mejor era cortar por lo sano. La independencia no fue solo ideológica: fue existencial.
En ambas regiones había, ya para 1825 y 1903 respectivamente, una proto-identidad nacional: costumbres, élites propias, símbolos nacientes. Uruguay tuvo su bandera antes que su soberanía completa; Panamá también.
8. PUEBLOS QUE SE HACEN CARGO DE SUS DESTINOS, Y LAS CONSECUENCIAS POLÍTICAS DE LOS ESCÁNDALOS PRIVADOS
Lord Ponsonby fue desterrado por seductor incorregible, pero su inteligencia encontró campo fértil en la diplomacia. Transformó su caída social en Londres en un ascenso estratégico desde América del Sur. Sus biógrafos cuentan que, en su madurez, recordaba con ironía los motivos de su exilio: “Tal vez fue mejor que me enviaran allá. Los bailes de Londres no daban para fundar países”.
Philippe Bunau-Varilla, arruinado por la bancarrota del Canal Francés de Lesseps, logró que Estados Unidos retomara el canal, no como un ingeniero sino como estratega. Fue acusado de vender a Panamá, pero también de salvarlo de la irrelevancia a la que parecía estar condenada por el centralismo bogotano. En sus memorias, escribió: “Cuando no tienes patria, inventa una que te necesite”.
Claro que ni Ponsonby ni Bunau-Varilla habrían logrado nada sin la voluntad de los pueblos y dirigentes locales. Uruguay contó con figuras como Lavalleja, y más tarde con Fructuoso Rivera y Manuel Oribe como primeros presidentes constitucionales. El país logró articular una república democrática que, con altibajos, sobrevivió y prosperó, para convertirse, hace menos de 100 años, en una de las democracias más florecientes del mundo. Panamá encontró en Manuel Amador Guerrero a su primer presidente, en Belisario Porras a su arquitecto institucional, y en generaciones posteriores de panameños visionarios y que soñaron en grande, a sus verdaderos constructores. El país logró recuperar el Canal en 1999, cerrando un ciclo que había comenzado en desventaja, con un punto de partida mucho más atrasado que varios países de la región. Es una gran historia de éxito si medimos el trayecto recorrido desde lo que no parecía un punto promisorio de partida. Así debemos leerlo, aunque los panameños siempre queremos más de nuestro país. Pero no debemos perder la perspectiva de nuestro punto de partida.
En esto también coinciden Panamá y Uruguay: ambos países transformaron comienzos inciertos en historias resilientes. No sin errores. Pero con voluntad.
No puedo entonces cerrar esta reseña sin mostrar esta paradoja: a veces construcciones virtuosas de la historia humana, tienen por protagonistas a personajes que uno entendería como poco ejemplares o poco destacables. Es difícil hablar bien de Lord Ponsonby o de Philippe Bunau-Varilla, pero lo cierto es que los países que contribuyeron a crear, son una hermosa realidad de naciones que, con mucho esfuerzo e ingenio, han logrado destacar dentro del contexto universal. Estos “no padres fundadores”, por supuesto, no se pueden tomar todo el crédito; pero tampoco podemos negarles la cuota-parte que les pertenece.
En la vida de los países y a lo largo de la historia (lo paradójico es que en mi caso y el de mi familia, se da la increíble coincidencia en nuestras “dos patrias”) esto ocurre, no con frecuencia, pero ocurre. Es como si la “Magistra Vitae” nos diga que no siempre los malos son tan malos, ni los puros tan puros. Lo maravilloso de lo humano es que el bien y el mal conviven en los individuos y en las sociedades, y la “tensión dinámica” de ambas fuerzas, Ying y Yang, es lo que ha producido, en ciclos neto-positivos de progreso y regresión, la mejora de la condición humana desde aquel homínido ligeramente más evolucionado que forma parte del gran relato que podemos ver hermosamente expuesto en el BioMuseo que está a la entrada del Canal. Pero antes de abrir más ventanas, cierro esta aquí.
¡Espero que hayan disfrutado este Alejandrario y los inesperados hallazgos de su “Sherlock Holmes”!
Alejandro Félix de Souza







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