No. 62— Necesidad que encuentra oportunidad– Una lectura serena y "Fuera de la Caja" de la ultima guerra de Doce Días entre Israel e Irán
- Alejandro Felix de Souza
- 29 jun 2025
- 15 Min. de lectura
Actualizado: 10 dic 2025

Estimados amigos:
En 1990, a mis 22 años, comenzaba a hacer el tránsito de politólogo e internacionalista, a especializarme como comparatista, el que perfeccioné unos años después con mi Maestría en Estudios Comparados con énfasis en negocios internacionales y finanzas en Japón.
Apenas 3 meses después de la caída del Muro de Berlín, me encontraba haciendo un Programa de Especialización en Relaciones Internacionales en la mágica y maravillosa ciudad de Florencia, auspiciado por el Ministerio de Asuntos Exteriores de Italia y la Fundación de Investigación en Relaciones Internacionales, escuchando a mentes fascinantes en decenas de clases y sesiones que nos acicateaban la mente para entender lo que estaba pasando en esa Europa en doble transición (la apertura del Este, y el proceso de integración europea).
El título de mi investigación final se llamaba “De la Europa de los Doce a la Europa de los Dieciocho: ¿un réquiem para la EFTA?”, y auguraba que la potencia centrípeta de la Europa Comunitaria de “los Doce” iba a imantar a varios de los países que participaban en el proyecto competidor de alianzas comerciales europeas, que era la Alianza Europea de Libre Comercio (EFTA en inglés), en ese momento formada por seis países: Austria, Suiza, Finlandia, Suecia, Noruega e Islandia.
Mi investigación me llevó a visitar, como parte de mi programa de trabajo, a otro lugar paradisíaco para estudiar, en las laderas de Fiésole, la ciudad etrusca ubicada a unos pocos kilómetros del centro de Florencia: el Instituto Universitario Europeo, fundado en 1972 por los que entonces eran los seis miembros fundadores de la Comunidad Europea (hoy Unión Europea): Alemania, Francia, Italia, Países Bajos, Bélgica y Luxemburgo.
En el Instituto Universitario Europeo me sugirieron conversar con un joven investigador estadounidense (que, a mis 22 años, me parecía bastante mayor que yo) que había investigado el tema. Esa persona me atendió con mucha amabilidad y conversamos durante una buena hora sobre la dirección que tomaría el proceso de integración europeo. Se llamaba Paul Krugman, y poca idea tendría yo que, unos pocos años después, se convertiría en el mayor economista de su generación, autor y columnista de gran éxito, y uno de los Premios Nobel de Economía más jóvenes.
En ese mismo Instituto Universitario Europeo estudió el personaje del que les voy a hablar hoy, con el que tengo también gran afinidad, porque teniendo una cabeza brillante, es accesible, con gran sentido del humor, y se cuida y le escapa como a una enfermedad contagiosa, al divismo y al ponerse en un pedestal de superioridad.
En mi último viaje a Uruguay lo encontré en un extraordinario conversatorio organizado por el Centro de Estudios para el Desarrollo (CED), y lo gracioso es que ambos llegamos a Montevideo el mismo día, así que parece que no sólo el Río de la Plata, Florencia, los asuntos europeos, la ciencia política, las relaciones internacionales y los análisis comparados nos llevan a terreno común.
A Andrés Malamud, que es nuestro personaje, se lo suele resumir en tres pinceladas —politólogo porteño, doctor europeo, comparatista empedernido—. Afincado en Lisboa, donde da clases en la Universidad de esa ciudad de mis ancestros, tiene siempre algo interesante para decir.
En la charla que sirve de base a este texto, Malamud analiza la reciente escalada de doce días entre Israel e Irán. Con ironías de tertulias de café, mapas de color, series históricas y humor ácido, Andrés explica por qué un fogonazo regional puede alterar la lógica global y, de paso, recordarnos cuán excepcional es la paz sudamericana. Advierto que esto es una reconstrucción libre de una charla que aconsejo escuchar en su totalidad.
Malamud sintetiza la Guerra de Doce Días con un binomio que, de tan simple, resulta incómodo: necesidad más oportunidad. Necesidad es aquello que un Estado interpreta como condición de supervivencia; oportunidad es la breve rendija de correlación de fuerzas que le permite actuar antes de que la ventana se cierre. Cuando ambos factores se alinean —insiste Malamud— la guerra deja de ser un capítulo opcional y se convierte en el camino menos costoso, al menos para quien dispara primero. De ese axioma parte su explicación sobre la reciente escalada entre Israel e Irán.
Mira el video completo de Andrés Malamud:
EL ESCENARIO PREVIO: DOS POLOS Y UN VECINDARIO EN LLAMAS
Malamud comienza por lo obvio: un mapa del Medio Oriente coloreado para distinguir tres círculos. En el centro, Israel, “el país que se sabe diferente, y se siente sitiado”. En un primer anillo, los Estados árabes que históricamente negaron su legitimidad y que, pese a los Acuerdos de Abraham, siguen vigilándolo con recelo. Y en un segundo anillo, actores no árabes —Irán y Turquía— que hace décadas ejercen de contrapeso según su conveniencia. Hasta 1979, recuerda el politólogo, ese segundo anillo ofrecía a Israel un equilibrio funcional: el Teherán, en ese momento monárquico y pro-occidental, era el aliado tácito que contenía a los árabes. Con la Revolución Islámica todo se invirtió: el antiguo socio se convirtió en el enemigo “más distante geográficamente, pero más obsesivo ideológicamente”.
A partir de ahí, la historia regional se vuelve una coreografía de amenazas, guerras por delegación (utilizando “proxies” como Hamas en Palestina, Hezbollah en Líbano, los Hutíes de Yemen), y negociaciones inacabadas. Sin embargo, lo que interesa a Malamud no es la cronología sino la lógica que hace racional un disparo. Esa lógica se resume en dos palabras que él repite como un ritmo de tambor: necesidad y oportunidad.
NECESIDAD: LA LÓGICA DE LA SUPERVIVENCIA ISRAELÍ
Malamud sigue con un bisturí conceptual. La primera clave para entender la ofensiva israelí, dice Malamud, es aceptar que Israel vive bajo una amenaza existencial. No es un país que enfrenta conflictos periféricos, sino uno cuyo adversario —el régimen iraní— proclama abiertamente su deseo de eliminarlo del mapa.
Si un país declara tu exterminio y, además, da los pasos técnicos para fabricar una bomba, debatir plazos es irrelevante, sostiene Malamud. Irán enriquece uranio al 60 %; el 5 % basta para turbinas de generación eléctrica, y el 20 % para fines científicos, pero el 90 % convierte el mineral en arma. «Sesenta por ciento no se justifica si no es para saltar al noventa», resume el politólogo. Lo esencial no es el cuándo, sino el para qué.
Desde 1979, la República Islámica ha hecho de la destrucción de Israel un componente doctrinal. No es retórica interna para consumo local; es una política exterior sostenida, reiterada, institucionalizada. Y cuando una amenaza es constante, Israel no se da el lujo de esperar a que se materialice. Por eso Malamud recuerda los precedentes: el bombardeo del reactor nuclear de Osirak en Irak (1981), el ataque a la instalación siria en Deir ez-Zor (2007), y ahora, el golpe quirúrgico en Isfahán (2025).
La doctrina es clara: disuasión preventiva. “Más costo diplomático hoy, menos riesgo existencial mañana.” Mejor pagar un costo diplomático a corto plazo que arriesgarse a enfrentar un escenario irreversible. Y detrás de esta doctrina está el trauma fundacional del Estado judío: el recuerdo de la Shoá, el Holocausto, con todas sus cicatrices. Los fundadores del Estado hebreo reclamaron «un lugar donde el Holocausto no pueda repetirse». Ningún gabinete, de izquierda o derecha, puede permitirse la fe en la contención. No tiene margen para el error ni paciencia para los ensayos.
Por otro lado, Malamud recupera la advertencia de Thomas Friedman, el columnista del New York Times, quien encapsuló uno de los principales desafíos del Israel contemporáneo en su famoso “trilema”: “Israel no puede ser las tres cosas a la vez: un Estado judío, un Estado democrático y un Estado que abarque todos los territorios bíblicos históricos”.
El trilema implica lo siguiente para Israel:
Si desea ser democrático y controlar todo el territorio, la mayoría árabe futura, ejerciendo su voto, va a diluir el carácter judío del Estado de Israel.
Si desea ser judío y controlar todo el territorio, no puede ser democrático: va a tener que restringir los derechos políticos a los árabes.
Si desea ser judío y democrático, necesita renunciar a parte del territorio con poblaciones árabes originarias y mayoritarias.
Israel, entonces, se topa con una aritmética rígida: en todo el espacio entre el Jordán y el Mediterráneo la población árabe crece más deprisa que la judía secular; sólo el auge de los ultraortodoxos equilibra un poco la balanza, pero al costo de tensiones internas, por una dimensión poco mencionada: la demografía interna del Israel no-musulmán. La sociedad israelí se fragmenta entre sectores con visiones muy distintas sobre el Estado, el trabajo y la guerra. La población ultraortodoxa crece aceleradamente —con tasas de fertilidad superiores a 6 hijos por mujer—, pero se mantiene al margen del servicio militar y del aparato productivo.
“Llegará un momento en que la mitad del país rece y no trabaje, y la otra mitad pague impuestos y vaya al frente”, advierte Malamud. Esto resume el dilema fiscal de las finanzas públicas israelíes, y la tensión interna que acecha cualquier estrategia prolongada de contención: la dinámica de la demografía al interior de Israel, representa una amenaza a la sostenibilidad financiera del Estado, que pesa tanto como cualquier enemigo externo.
Si Israel mantiene la ocupación en forma indefinida, la mayoría demográfica árabe tarde o temprano chocará con la premisa democrática; si cede soberanía, enfrenta riesgos de seguridad; si limita derechos de voto, renuncia a su autodefinición de único país en la región al estilo democrático-liberal occidental. Esa tensión, concluye el politólogo, no fue resuelta por la guerra de doce días; apenas se aplazó.
Del lado persa, la pirámide muestra un país joven, urbanizado y con una élite cansada del embargo. Pero el régimen teocrático todavía vincula su legitimidad interna a la resistencia contra “el sionismo” y “el imperialismo”. El resultado es un juego de espejos: la hard-line en Teherán necesita la amenaza israelí para cohesionar a sus fieles; la derecha israelí requiere la amenaza iraní para mantener el presupuesto de defensa y las coaliciones gubernamentales. La lógica recuerda a la carrera armamentista indo-pakistaní: rivalidad perpetua, riesgo de escalada nuclear y ciclos de tregua-crisis.
Para mí, este dilema muestra la tensión entre identidades y derechos: un recordatorio útil para estados plurinacionales o con población no integrada en la identidad nacional. La coyuntura de Israel muestra que los problemas de diseño institucional no se resuelven a largo plazo con la fuerza, pero el poder y la fuerza compran algo de tiempo y permiten pensar en las salidas a estas paradojas.
OPORTUNIDAD: LA VENTANA QUE RARA VEZ PERMANECE MUCHO TIEMPO ABIERTA
La necesidad, sola, engendra paciencia estratégica; la necesidad más coyuntura abierta (oportunidad), fomenta y precipita la acción inmediata.
La oportunidad surgió de la coincidencia de cuatro factores. Primero, la brecha económica y tecnológica: mientras la economía iraní se contrajo una tercera parte desde 2010, el PIB israelí creció y su gasto en investigación militar se catapultó gracias al sector tecnológico (la inversión en Investigación y Desarrollo ya representa un 5% del PBI de Israel). En palabras de Andrés: “Se abrió la tijera y por ahí se coló la iniciativa.”
Segundo, la debilidad simultánea de los proxies de Teherán (aliados delegados en el trabajo sucio de hostilizar a Israel): Hamás golpeado tras los incidentes del 7 de octubre de 2023, Hezbolah contenido en un Líbano exhausto, los hutíes de Yemen limitados por la coalición saudí-emiratí, y Siria más preocupada en el control de su capital, Damasco, que en abrir un frente antisraelí. “Nunca los tentáculos de Irán estuvieron tan flacos a la vez.”
Tercero, la autosuficiencia energética de Estados Unidos: con el fracking, ese país prácticamente se autoabastece y redujo considerablemente el impacto de los aumentos en los precios del petróleo originados en la principal región productora, y dedicó su paraguas anti-misiles a respaldar a su principal aliado en el Cercano Oriente, sin riesgos significativos para la política interna estadounidense.
Cuarto, la cautela de China y Rusia, que no quisieron verse arrastradas a un conflicto capaz de disparar el costo del petróleo que compran, o arruinar su comercio de armas con la región. “Ni Xi Jinping ni Putin quieren un petróleo a 150 dólares ni que Irán sea una potencia nuclear”. Así que en privado, no les pareció tan terrible que la amenaza nuclear de Irán se mitigara.
Con estos engranajes alineados en una coyuntura rara, el cálculo israelí fue casi de relojero, un “ahora o nunca”: golpear instalaciones militares en Isfahán y otros lugares estratégicos, evitar bajas civiles masivas, y mostrar que la distancia ya no protege a Irán. El resultado fueron doce días de intercambios aéreos de alta precisión, sin invasión terrestre ni colapso de precios energéticos. La mayoría de los analistas lo bautizó “guerra encapsulada”.
POTENCIAS GLOBALES: ESTRATEGIAS DIFERENCIADAS
Una de las secciones más lúcidas del análisis de Malamud es su comparación entre las grandes potencias. Estados Unidos, China, Rusia y Europa no ven el mundo con los mismos ojos, ni actúan con las mismas lógicas. Y en el tablero de Medio Oriente, esas diferencias importan más que nunca.
Estados Unidos actúa desde la premisa de que el poder real justifica la acción: “Might makes right”; lo importante es ganar, después hablamos de reglas”. Nuevamente, la autosuficiencia energética permite a Washington asumir riesgos antes impensables, y absorber el costo reputacional de avalar bombardeos “legalmente grises”. “Hemos pasado de la hipocresía multilateral a la franqueza unipolar.” Malamud añade un matiz cultural: ochenta millones de evangélicos ven en el Estado hebreo la antesala del Apocalipsis. “Si se combinan America First y el respaldo de los evangélicos, se obtiene un respaldo de hierro que trasciende cualquier presidente.” Este es un apoyo transversal, que sobrevive a los cambios de partido.
China, en cambio, es más sutil, porque en la región busca estabilidad energética y nodos logísticos seguros (Estrecho de Ormuz, Mar Rojo). No puede premiar aventuras que disparen flete y seguro marítimo. En Asia Oriental, China se comporta como potencia geopolítica: reivindica Taiwán, patrulla el mar de China Meridional, construye bases e islas. Allí se juega su orgullo nacional y su seguridad inmediata. Pero fuera de esa región, China adopta una lógica geoeconómica: no impone valores, ni exige reformas. Compra, construye, presta. En África, América Latina o el sudeste asiático, ofrece infraestructura sin condiciones políticas. Como lo resume Malamud: “Geopolítica donde hay portaaviones; geoeconomía donde bastan los contratos”. Esa dicotomía produce paradojas: China es la potencia desafiante, pero la más interesada en que el statu quo comercial se sostenga, porque fue su ascensor a su rango actual de potencia. Por eso ruega por la estabilidad del Golfo y por eso instó a Irán a limitar su represalia. El día que Oriente Medio se incendia, el shock logístico golpea primero Shanghái y sólo después Houston.
Rusia, por su parte, no busca transformar el orden mundial, sino aprovechar sus grietas. Beijing y Moscú practican un revisionismo selectivo: cuestionan la hegemonía norteamericana pero sostienen las cadenas de suministro que esa hegemonía les permitió explotar. El resultado es un “orden a la carta” con normas flexibles según la geografía. Rusia consume drones iraníes para Ucrania, pero rehúsa devolver favores militares: no quiere abrir otro frente de guerra, ni enemistarse con Israel. ¿Por qué? Primero, porque un millón de israelíes son ruso-parlantes, y Moscú quiere preservar ese puente. Segundo, porque Rusia necesita acceso al Mediterráneo a través de Siria, y eso implica coordinarse con Tel Aviv. Y tercero, porque no le conviene que Irán tenga bomba nuclear: eso rompería su monopolio de disuasión en el Mar Caspio, y le restaría influencia. Para Moscú, mantener a Teherán “casi pero no del todo” nuclear le resulta óptimo.
Europa, finalmente, intenta sostener una idea en extinción: la del multilateralismo normativo. Pero tras la invasión de Ucrania, incluso Bruselas entendió que la paz necesita músculo. Desde la Conferencia de Seguridad de Múnich en 2023, Europa parece adoptar el lema “Si quieres paz, prepárate para aumentar los gastos militares”. La Comisión Europea asume que el viejo continente sólo sobrevivirá militarizando su proyecto de paz, sin renunciar a la idea de comunidad de seguridad: espacio en que la guerra es impensable porque comercio, derecho y valores se fusionaron. En Medio Oriente, eso aún es utopía.
La lección para terceros es clara: cuando el garante histórico de la norma admite que manda la fuerza, los demás dejan de disimular sus músculos.
¿POR QUÉ NI ISRAEL NI ESTADOS UNIDOS INTENTAN UN CAMBIO DE REGIMEN EN IRAN?
La tentación existe desde 1979, pero nunca pasó de operaciones encubiertas. Malamud explica que Tel Aviv y Washington comparten el criterio de Samuel Huntington: «El primer problema político es el orden; sin orden no hay con quién negociar». El régimen de los Ayatolás, con toda su hostilidad, garantiza un monopolio represivo que mantiene fronteras y un teléfono al que llamar en situaciones límite. La tregua anunciada por el Presidente Trump es una evidencia de ello: se tiene claridad de que hay alguien que conteste el teléfono del otro lado.
Libia y Siria enseñaron lo que ocurre cuando se quiebra la pirámide estatal: milicias, refugiados y cargas para los aliados. Un Irán post-régimen podría fragmentarse en persas, azeríes, kurdos y árabes chiíes; la propia industria nuclear quedaría diseminada en manos inciertas.
Israel preferiría seguir enfrentando una teocracia racional a una guerra civil incontenible. EE. UU., tras Afganistán e Irak, tampoco desea otro Estado en ruinas que exija reconstrucción infinita.
El cálculo incluye la fatiga doméstica norteamericana: la opinión pública tolera sanciones y “quirófano” aéreo, pero repudia ocupaciones largas. Y contempla que un sistema sin una cara definida, sin alguien “con quién firmar”, no puede ser disuadido; el líder supremo, en cambio, sí puede calibrar costos y beneficios. En la jerga de Samuel Huntington, resulta mejor un orden autoritario que un no-orden anárquico.
CONCLUSION: ¿QUÉ ESPERAR, Y CUÁLES SON LAS LECCIONES PARA AMÉRICA LATINA?
La conversación con Andrés Malamud es, al final, un recordatorio de humildad intelectual: las reglas cambian cuando el contexto altera la ecuación de costos, tanto para ingresar en un conflicto, como para desescalarlo.
Esa incertidumbre —no la certeza— es el parámetro real del análisis comparado. El politólogo no predice; calcula probabilidades y advierte que cuando los intereses existenciales convergen con las coyunturas favorables, la guerra se vuelve racional, aunque parezca absurda. Es el caso que analizamos, y por la fuerza de nuestros tres círculos crecientes de análisis (como politólogos, como internacionalistas, y como comparatistas), nos abstenemos de hacer juicios de valor sobre la paz y la guerra (que obviamente los tenemos), sino de entender por qué hay racionalidad tanto en la guerra, como en la ausencia de ella (un estadio intermedio), como en la propia paz.
Lo bueno es que por ahora, la racionalidad en el Medio Oriente y a nivel global, favorecen la ausencia de guerra generalizada. La idea, heredera de Hobbes, revierte la visión kantiana según la cual la paz es el fin último. La paz puede ser, en definitiva, una “ausencia de guerra”.
Y allí también Malamud sugiere un horizonte de escenario más que una profecía. Primero, cree improbable que Irán renuncie a su programa nuclear; quizá ralentice el enriquecimiento, quizá negocie inspecciones más intrusivas, pero el incentivo de adquirir un seguro de disuasión persiste. Segundo, anticipa que Israel repetirá golpes quirúrgicos si detecta pasos irreversibles hacia la bomba, aunque cada ataque elevará el umbral de respuesta iraní. Tercero, prevé que las potencias seguirán “gestionando” la crisis: China presionará en privado para evitar picos de inestabilidad; Rusia venderá armas sin vincularse públicamente; Estados Unidos calibrará el apoyo a Israel conforme al calendario electoral interno y a las presiones de los grupos de interés organizados en Washington y los diferentes gobiernos estatales de la Federación.
En ese contexto, la guerra de doce días luce más como el comienzo de una nueva fase —un status quo inestable pero contenido— que como el preludio de un Armagedón (y esto es siempre, “por ahora”). Por ahora, todos los actores mayores parecen entender que la conflagración total es un juego de pérdida neta.
Esta conversación me dio pie para que pensemos detenidamente en esto. A quienes vivimos en el lado soleado del planeta —sin conflictos interestatales y con relativa homogeneidad religiosa— la tentación moralizante nos ronda. Pero el oficio de mirar geografías e historias ajenas en forma comparada, obliga a otro tipo de modestia: entender que cada región metaboliza sus historias, sus conflictos, y sus miedos, con instrumentos distintos. El Medio Oriente lo hace mediante poder duro preventivo; América Latina, mediante fronteras relativamente abiertas, música celebratoria y danzante, y, como decía mi madre, “22 tontos corriendo detrás de un cuero inflado”.
¿Y dónde encaja América Latina en esto? En la presentación se destacan algunas cosas que América Latina, a veces tan vilipendiada por nosotros mismos, puede mostrar al mundo.
América del Sur, como lo muestra Malamud, mantiene casi intactas las fronteras de 1945 —“una rareza geopolítica comparable a nuestra frecuencia de ganar Mundiales”. Segundo, la región lidera la estadística de resolución pacífica de disputas: cortes y arbitrajes reemplazaron invasiones. “Ganamos muchos Mundiales y libramos pocas guerras”, bromeó. Pero la excepción es frágil: “Funciona porque ningún vecino declara querer aniquilar al otro y porque las asimetrías siguen relativamente contenidas”. Si reapareciera una ventaja abrumadora —ciber, satelital, nuclear— el andamiaje pacífico crujiría. Tercero, la paz “no es ausencia de conflicto, sino ausencia de incentivos para la guerra”. Debemos renovar nuestro pensamiento ahora que la estructura de las amenazas es distinta.
¿Y en sentido contrario, además de enseñar estos aspectos “positivos” en este contexto, qué puede aprender América Latina de una guerra de doce días entre dos potencias que nos quedan lejos? Primero, que el orden es condición previa para todo lo demás. Sin instituciones sólidas, el desarrollo económico, la integración regional y la justicia social son castillos en el aire.
Segundo, que las amenazas difusas —como el crimen organizado transnacional o los ataques cibernéticos— deben ser tratadas con la misma seriedad que una invasión territorial. No porque vayan a destruirnos, sino porque pueden erosionar el tejido institucional que sostiene nuestra paz relativa.
Tercero, que no basta con tener buenas intenciones. La paz es un equilibrio delicado entre capacidades, percepciones y estructuras. Y que las comunidades de seguridad no nacen del amor, sino de un cálculo sostenido de mutua conveniencia.
Y por último, una advertencia: el lujo de la indiferencia dura solo mientras la necesidad del otro no se cruce con una oportunidad favorable. En ese cruce, nace la guerra. O, como dice Malamud, con la serenidad de quien ha estudiado unas cuantas crisis: “Quien administra bien su miedo convierte la incertidumbre en ventaja; quien lo ignora, termina sorprendido”.
Y nosotros no podemos ya darnos el lujo de creer que se trata de una película ajena. Cada vez que hay un conflicto, sus repercusiones afectan el precio de nuestros alimentos y el costo de la vida, aunque estemos a miles de kilómetros de distancia. Esa es la telaraña global que da a la política comparada su sentido más práctico: advertirnos que el próximo estallido, por lejano que parezca, puede afectarnos, aunque los misiles no caigan sobre nuestros techos o en el patio de nuestras casas.
Andrés Malamud suele cerrar sus clases con una advertencia que rescato para terminar: “La política comparada no predice el futuro, pero reduce el margen de sorpresa”. Quien lea estas líneas quizá no sepa cuándo será la próxima crisis, pero entenderá por qué los Estados eligen a veces la ruta más brusca. Y con ese entendimiento, el asombro —que tanto paraliza— deja de ser un destino inevitable.
Uno de mis próximos Alejandrarios va a tratar precisamente sobre este tema: sobre las ventajas, beneficios y placeres de la racionalidad en la acción humana, para mitigar miedos y dotar de mejor certidumbre (no certezas, claro está, hay que desconfiar de ellas, siempre) a nuestro entendimiento. Una aventura humana de la que hablé con enorme profundidad, amplitud y precisión en mi obra sobre la inteligencia humana y la inteligencia artificial, con la intención también, de que, con mayor conocimiento y reflexión, podemos siempre pensar en “neto-positivo” sobre la experiencia humana.
Sigamos trabajando para un retorno de la racionalidad a nuestros asuntos, en convivencia armónica y sin precluir o excluir otras formas alternas de conocimiento, como el religioso, el místico o el espiritual.
¡Que tengan un feliz domingo de su amigo “biológicamente optimista”!
Alejandro Félix de Souza







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