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No. 61— ¿Por qué estamos tan enojados con los políticos? Gobernar en la era del algoritmo: entre ilusiones, pantallas y cansancio cívico

Actualizado: 10 dic 2025

Una mirada profunda a la política y a las expectativas de los ciudadanos


Multitud enojada mostrando fotos de hombres en dispositivos móviles. Fondo oscuro con reloj roto y símbolo de infinito. Emoción de frustración.

Estimados amigos:

 

Desde que, en mi primera infancia y antes de mudarnos para la playa por mi bronquitis asmática, fui al Colegio Kennedy en Montevideo, tengo mucha afición por el mundo kennediano.  De hecho, dentro de la sección en mi biblioteca donde tengo las biografías de los presidentes estadounidenses, hay una subsección que no sólo comprende libros publicados en vida por el ex Presidente Kennedy y algunas de las mejores biografías y reflexiones que se han escrito sobre él, sino que también tengo libros escritos por y sus hermanos y su madre en vida, lo que me ha permitido tener una perspectiva bastante holística de este famoso “clan” político, sobre el que tengo pendiente escribir algún día.

 

Hace unos años, y de pura casualidad, encontré en una librería de viejo un volumen que llamó mi atención por su título: “The Kennedy Promise: The Politics of Expectation”.  El autor, Henry Fairlie (1924–1990) fue un periodista y ensayista británico que dejó una huella profunda en el análisis político del siglo XX, tanto en su país natal como en Estados Unidos, adonde emigró en los años 60.  La crítica posterior destaca a Fairlie como padre de la columna periodística de análisis político.

 

Su nombre se asocia con una palabra que hoy forma parte del lenguaje político global: The Establishment. En una columna publicada en 1955 en The Spectator, Fairlie popularizó el término para describir el entramado informal de poder, privilegios y conexiones que moldeaba la vida pública británica. Desde entonces, “Establishment” pasó a ser una categoría de análisis —y de denuncia— en democracias modernas.

 

Tras su mudanza a EE. UU., Fairlie se convirtió en un observador incisivo de la política estadounidense. Desarrolló una mirada externa, sin complacencias, combinando agudeza británica con sensibilidad histórica. En 1973, a una década del asesinato de John F. Kennedy, Fairlie publicó el libro que les mencionaba: “The Kennedy Promise: The Politics of Expectation”, una obra que no es ni una biografía tradicional ni un revisionismo con un ajuste explícito de cuentas, sino una reflexión crítica sobre cómo Kennedy cambió el modo en que entendemos —y exigimos— el ejercicio del poder en democracia.

 

Su tesis no necesita prólogo: John F. Kennedy no dejó tanto un programa de gobierno como un estándar emocional: subió la barra o el listón psicológico de las expectativas de los ciudadanos sobre los políticos, particularmente los que están en Gobierno. Kennedy gobernó pocos años, pero prometió una nueva frontera. No era un territorio físico, sino mental. A partir de él, la política estadounidense y buena parte de la occidental quedaron condenadas a operar no tanto sobre resultados, sino sobre expectativas.

 

La expresión central del libro de Fairlie (“la política de la expectativa”), muestra una situación en que las palabras generan más energía que los propios actos de Gobierno, y el magnetismo carismático opera como crédito a futuro.  De esto tenemos ejemplos en varias geografías del mundo de hoy.

 

Fairlie fue uno de los primeros en advertir que algo había cambiado de forma irreversible: que el carisma, la telegenia y la narrativa se habían convertido en insumos centrales del poder. Desde entonces, cada generación de votantes, en Estados Unidos y en la mayoría de las democracias occidentales, ha buscado su Kennedy personal. Y cada presidente, sabedor de ello, se ha sentido obligado a ofrecer una promesa equivalente. Pero prometer no es gratis. Las promesas, como los créditos blandos, se pagan después con intereses. A veces, con decepción. A veces, con desconfianza. A veces, con cinismo colectivo.

 

El poder de prometer sin decir demasiado

 

Kennedy no era ingenuo. Sabía que una promesa abierta es más poderosa que un compromiso lleno de detalles. Su “Nueva Frontera” era más un concepto estético que un plan concreto con objetivos medibles.  Cada quien proyectaba sobre esa “nueva frontera” lo que quisiera.  La “Nueva Frontera” era evocadora, no operativa.  Era difusa, sí, pero poderosa. Kennedy convirtió al presidente en una figura casi mitológica: el líder que nos llevaría a la Luna, que terminaría con la segregación, que detendría al comunismo, que devolvería la grandeza moral a Estados Unidos de América.  Pero no decía cómo, ni cuándo, ni con quién. Y, sin embargo, funcionaba a nivel de la opinión pública.

 

¿Por qué? Porque Kennedy era el hombre adecuado en el momento justo. Porque JFK hablaba con la emoción de la esperanza. Porque supo convertir la política en relato, y al presidente en protagonista de una épica nacional. La televisión hizo el resto. Kennedy fue el primer mandatario moldeado no por los libros ni por la plaza pública, sino por el lente de la televisión.  Eso también lo muestran y demuestran todas las obras y análisis que he leído sobre él.

 

Pero cuando las promesas no aterrizan en planes verificables, queda un vacío. O una deuda. Y cuando ese vacío se llena con muerte, como ocurrió aquel 22 de noviembre de 1963 en Dallas, la promesa no desaparece: se mitifica. La famosa analogía de Jackie Kennedy, de que la Presidencia de Kennedy se parecía al mítico Camelot, quedó intacta. La narrativa no fue reemplazada por un balance de gestión, sino por una liturgia nacional (o “religión laica”) de veneración a esa época y a ese Presidente.

 

De la “política del hacer” a la “política del parecer”

 

Fairlie llama a este fenómeno la “política de la expectativa”. A partir de Kennedy, los presidentes ya no serían juzgados sólo por lo que hacían, sino por lo que eran capaces de simbolizar. Lyndon Johnson, que hizo avanzar más que nadie los derechos civiles y desarrolló la que probablemente fue la agenda más transformadora a nivel interno en los últimos 70 años de historia estadounidense, siempre fue medido con la vara estética de su antecesor.

 

Nixon, que abrió las relaciones con China y firmó importantísimos acuerdos de desarme con la Unión Soviética, jamás tuvo esa aura. Quien quizás más se acercó a ese nivel de apreciación fue Ronald Reagan. Obama, que encarnó una nueva generación política y rompió el mito de que un afro-americano no podría ser votado para ser Presidente, heredó tanto el estilo como la maldición: cualquier falla era vivida como traición a una promesa demasiado grande.

 

La paradoja es clara. Cuando la política pasa a evaluarse por su potencial simbólico, la promesa vale más que el plan. Pero esa sobrecarga simbólica no se sostiene eternamente. El sistema democrático, por naturaleza, es lento. La política real, la del día a día, la de los pies en la tierra, implica negociación, retroceso, ambigüedad. El crédito emocional se ha traducido hoy en escepticismo hacia toda autoridad: los gobiernos pasan a ser sospechosos hasta que demuestran lo contrario.  Sin con Kennedy nació la emoción con la épica, en esta era de algoritmos asistimos a una corriente que navega en dirección contraria: la sospecha permanente hacia quienes nos gobiernan.

 

Expectativas infinitas, paciencia agotada


Saltamos al presente. En la era de la inmediatez digital, las expectativas no sólo se inflan más rápido: también se frustran con más facilidad. La ciudadanía actual —educada por algoritmos, acostumbrada a obtener respuestas en segundos— exige que el Estado actúe con la velocidad de una aplicación.

 

Si un chatbot puede redactar una ley en segundos, ¿por qué los Órganos Legislativos tardan meses? Si mi banco en línea funciona las 24 horas, ¿por qué el seguro social colapsa los lunes? Si la inteligencia artificial puede componer una sinfonía, ¿por qué el gobierno no puede tapar un bache en la calle?

 

El riesgo es obvio: se espera del Estado una eficiencia comparable a la de Google, pero con reglas, controles y presupuestos que no caben en una línea de código. Las democracias modernas, ya presionadas por la fragmentación social y el descrédito institucional, enfrentan ahora un nuevo adversario: la expectativa infinita alimentada por la ficción tecnológica.  Los gobiernos, presionados, comienzan entonces a operar como compañías de software: ofrecen “parches” de gestión cada semana, aunque el cableado legal e institucional, así como los recursos financieros y humanos para solucionar los problemas que requieren ejecución del Gobierno, toman tiempo en estar disponibles.

 

El resultado es un divorcio visible en los sondeos en todas partes del mundo: una ínfima minoría de los encuestados confía en que su gobierno “hará lo correcto” de manera consistente.  El Kennedy cinematográfico encuentra su enemigo en el cinismo viral, ese personaje que disuelve cualquier relato épico con un meme.

 

 

¿Gobernar como Apple o como república?

 

La tentación, para muchos gobiernos, ha sido intentar parecerse a una start-up. Hablan de “gobierno inteligente”, de “Estado ágil”, de “innovación pública”. Llenan sus redes de videos, esquemas, apps. Todo se visualiza, se comunica, se lanza y se anticipan grandes beneficios. Pero cuando se revisa la letra pequeña, la ejecución suele estar en pañales.

 

Y esto no es porque falten buenas ideas y buenos ejecutores en los Gobiernos.  Se trata de que no se ha podido construir el andamiaje necesario para acercar la realidad de la ejecución, a la promesa y a la expectativa. El software puede prometer; pero gobernar implica infraestructura legal y procedimientos que den certeza, burocracia, coordinación. La inteligencia artificial puede optimizar procesos; pero no reemplaza la legitimidad ni el buen juicio político.

 

La lección de Fairlie aplica aquí con claridad: las promesas sin sustento, por más brillantes que sean, se transforman en boomerangs emocionales. Cada promesa fallida erosiona un poco más la confianza. Cada megaproyecto anunciado y no ejecutado —sea una refinería, un puente, o una reforma educativa— deja menos espacio para el siguiente intento. Y lo más grave: nutre la idea de que todos mienten, que nada vale, que todo es relato.

 

Prometer poco, entregar siempre (o casi)


El tiempo que viene exige una pedagogía distinta. Un nuevo contrato entre Estado y ciudadanía. Menos épica, más claridad. Menos marketing político, más administración transparente. No se trata de renunciar a soñar, sino de saber cómo se aterriza el sueño.

Cinco cosas podrían ayudar:


  1. Prometer menos, cumplir más. Las promesas deben ser acotadas, medibles, evaluables no sólo por los actores políticos profesionales, sino también por terceros sin mayor conocimiento de cómo se trabaja en el Estado.

  2. Hacer público el cómo. Explicar el paso a paso. Mostrar lo que no se ve, para que el ciudadano entienda que su expectativa requiere mucho más de lo que puede creer o estar pensando.

  3. Celebrar los pequeños logros. Un sistema que funciona, una fila que desaparece, una app que responde: eso construye y preserva capital político de poquito, como en gotas.

  4. Pedir paciencia, pero con una explicación razonable. El ciudadano puede aceptar demoras razonables y explicables si ve que hay un plan para avanzar, y si se le van comunicando los avances.

  5. Honrar la verdad. Reconocer errores, explicar obstáculos, compartir decisiones difíciles y explicar por qué es necesario tomarlas.


América Latina, que ha vivido de promesas y desilusiones, necesita recuperar el valor del compromiso honesto. Hay ejemplos: Uruguay digitalizando trámites con eficiencia silenciosa. Chile articulando reformas en plazos razonables. Panamá mostrando que la gran obra de infraestructura requiere ser acompañada de narrativa creíble sobre sus beneficios, para que se acepten las molestias de corto plazo.

 

La última frontera

 

La gran promesa de Kennedy fue que el gobierno podía ser audaz, inspirador, joven. Y lo fue, por un momento. Pero también dejó un dilema que aún persiste: ¿cómo balancear la poesía con la rendición de cuentas?

 

Los gobiernos contemporáneos, atrapados en este torbellino, operan bajo tres capas de presión que Fairlie hubiese reconocido al instante. Primera: la “gestión por crisis” se ha vuelto parte importante del día a día de los gobiernos. La pandemia de COVID-19, las cadenas de suministro que se vieron distorsionadas, la prolongación de la guerra en Ucrania y el auge de la IA generativa han instalado un estado de alarma permanente. Segunda: la hiper-transparencia obliga a los líderes a exhibir, en tiempo real, resultados que requieren años para concretarse. Tercera: si el mensaje gubernamental no deslumbra en quinientos caracteres, se evapora. El “crédito social a futuro” que Kennedy manejaba con discursos calibrados cuidadosamente y que pasaban por varias manos, se agota hoy en un par de ciclos de notificaciones en redes sociales.

 

¿Qué lecciones extraer, entonces, de este análisis incisivo que Fairlie dirigió contra el Camelot de Kennedy? La primera es hacer la higiene de la promesa: se debe detallar con precisión lo que se ofrece, delimitando plazos y métricas objetivas. La segunda es la pedagogía de la complejidad: reconocer y explicar la incertidumbre como parte del proceso democrático, sin confundir dudas con debilidad. La tercera, quizá la más incómoda, exige desacralizar el heroísmo presidencial: sustituir la figura del salvador, por la del orquestador de soluciones colectivas. De esta manera, el gobierno puede regresar de la esfera de la expectativa al terreno de la confiabilidad.

 

Henry Fairlie cerraba su libro con una advertencia: la obra más difícil de la política no es imaginar futuros radiantes, sino encajar la imperfección de la realidad sin que el público pierda la voluntad de seguir intentando y creyendo en la democracia.

 

Medio siglo después, su diagnóstico resuena con la precisión de un eco. La “promesa Kennedy” se globalizó y se volvió instantánea, pero la democracia sigue necesitando lo mismo que en 1963: una conversación adulta entre lo posible y lo deseable. Tal vez hoy sea el momento de aprender a prometer menos y pensar y discutir más racionalmente, de reemplazar la política de la expectativa por la política de la iteración y las sanas rutinas de la democracia liberal. Sólo así podremos transformar el sismógrafo de la desconfianza en una buena brújula que nos ayude a marcar el rumbo común a seguir.

 

Así, releer a Fairlie hoy invita a una pequeña revolución semántica: abandonar la imagen del relámpago redentor y abrazar la metáfora del amanecer lento. En lugar de prometer la aurora boreal, plantear la certeza del alba cotidiana; en vez de anunciar caminos excepcionales, garantizar veredas transitables y seguras.

 

Para los gobiernos, ello implica comunicar el progreso como proceso y celebrar los mecanismos de corrección —los parches y las iteraciones— tanto como los hitos. Porque, al final, la confianza pública no nace de las hazañas cinematográficas, sino de la repetición fiable de pequeñas victorias diarias. Esa, quizá, sea la verdadera Nueva Frontera que aguardaba detrás de la leyenda: la humildad de prometer sólo lo que se está dispuesto —y preparado— a entregar a los ciudadanos, y que éstos entiendan mejor el difícil arte de gobernar.

Cuando eso ocurra, la promesa dejará de ser un espejismo para convertirse, por fin, en una confianza verificada.


¡Que tengan un feliz domingo “biológicamente optimista”!

 

Alejandro Félix de Souza

 
 
 

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