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No. 40 – Dos hijas, un mismo padre (intelectual): Las hijas de Joseph Korbel

Actualizado: 23 ene

Madeleine Albright y Condoleezza Ricesentadas en sillones amarillos frente a una mesa con libros. Fondo de mapas antiguos. Ambas sonríen, ambiente formal.

Estimados amigos:

 

Al finalizar el mes de la mujer (qué cosa con los latinoamericanos, tan entusiastas para celebrar comienzos, bastante deficientes para completar finales), quiero compartirles sobre un tema sobre el que vengo investigando hace años: el liderazgo femenino en las relaciones internacionales, a través de dos mujeres que, con meritocracia, credenciales intelectuales, y un gran esfuerzo, lograron alcanzar las más altas jerarquías de la superpotencia hegemónica en la década de los noventa y principios de este milenio.

 

Estas tres circunstancias (meritocracia, credenciales intelectuales y esfuerzo) me acercan mucho a estos dos personajes, unidos a la fascinación que me representa el hecho de que estas mujeres hayan alcanzado posiciones de liderazgo en una profesión que, en su época, presentaba bastantes barreras para el ascenso de las mujeres hasta la máxima jerarquía.

 

Yo tuve la suerte de trabajar, entre mis 18 y mis 22 años, durante una época dorada de la diplomacia uruguaya, cuando teníamos nada menos que al inmenso Enrique Iglesias como Ministro de Relaciones Exteriores, rodeado de una pléyade de talentos en puestos claves en las direcciones funcionales de esa Cancillería de lujo, que fue aquella con la que inició la restauración democrática de Uruguay, con Julio María Sanguinetti como Presidente de la República.

 

Y en esa Cancillería, tuve la suerte de tener excelentes jefas, colegas, compañeras y amigas, con las que me encantaba trabajar, y de las que aprendí mucho sobre los desafíos de una mujer en una carrera tan difícil para compatibilizar espacios para el desarrollo personal y familiar, con esa “novia celosa y demandante” que es la carrera diplomática.

 

Unos años más tarde, ya destinado en Japón, me tocó la fortuna de tener una formidable e increíble maestra y guía profesional, la genial Zulma Guelman, con la que tuvimos una de las simbiosis profesionales más disfrutables de toda mi carrera profesional en carácter de profesional asalariado (sí, claro, no exentas de peleas y desencuentros iniciales, pero con un tremendo y productivo neto-positivo global).

 

Con el liderazgo de Zulma, tuvimos logros muy tangibles y que cambiaron a largo plazo la relación de Japón con Uruguay como país enseña en América Latina en la cooperación técnica y científica y la transferencia de conocimiento, en la que ya han participado miles de personas; y en la casi milagrosa apertura del exigente mercado japonés del arroz, carnes enfriadas, miel y propóleos, pallets y celulosa, cítricos, subproductos lácteos, lanas tratadas y otros productos importantísimos del portafolio exportador de Uruguay en los años noventa.   

 

Pero una de las cosas más divertidas que me tocó hacer con la Embajadora Zulma Guelman, fuera de lo habitual, que era prepararle análisis económicos y políticos, bases de datos de potenciales clientes para productos uruguayos, sugerirle en qué eventos valía la pena estar, y los cientos de temas que por semana un Embajador profesional tiene que evaluar y tomar decisiones, fue preparar sus discursos, presentaciones, y palabras cuando era invitada de honor en eventos.

 

Nos divertíamos como payasos de circo: imagínense a un Alejandro veinteañero adentrándose en la mente de una mujer que le llevaba más de dos décadas de experiencia, madre divorciada de dos hijos que vivían lejos, y en un hecho rarísimo, ser, a su llegada a Japón, la única Embajadora mujer acreditada ante el Gobierno de Su Majestad Imperial, toda una novedad para el cuerpo diplomático.   

 

Ella se divertía mucho cuando le preparaba palabras que reflejaban el ojo de un Embajador de un país pequeño y “en las antípodas” de Nipponia, pero también, un “Embajador mujer” que aportaba el gran valor que tienen las mujeres en tantos campos profesionales donde los sesgos milenarios de predominancia absoluta o casi absoluta de los hombres, hace que ciertas perspectivas pasen casi inadvertidas.  Y para validar este punto, en la preparación de un texto que estoy trabajando, hace unos meses me puse a investigar sobre Trótula de Salerno. 

 

¿Quién era Trótula? Pues otro gran ejemplo de superación personal, una médica de la Edad Media, que en el siglo once (hace casi mil años, y varios siglos después de pioneros de la medicina como Galeno e Hipócrates) le mostró a la Humanidad que había un campo ignorado al que había que prestarle atención, y es la “medicina de la mujer”, que hoy conocemos como ginecología, y no se quedó sólo allí, sino que además profundizó en el sub-campo de la obstetricia.  Pero les pido que no nos vayamos a estudiar a Trótula, que en unas semanas viene ese escrito.

 

Volviendo a Zulma, como Trótula, con pocas como ella pude entender y comprender la maravilla de enriquecer la perspectiva predominantemente masculina al ponerme a trabajar “con perspectiva de mujer”, las piezas discursivas por las que tenía que pensar y hablar “por boca de ella”.  Y fue otra experiencia que me cambió literalmente la vida: un poco en broma y un poco en serio, aunque tengo muy clara mi masculinidad, navego muy “hermafroditamente” en el entendimiento del mundo intelectual y profesional venusiano.

 

Y esto es lo que me motivó el pensar en a quién dedicarle este Alejandrario: a dos mujeres interesantísimas en el campo de las relaciones internacionales, y a través de ellas, homenajear a muchas de las que, como ellas, trabajan en una de las áreas de actividad profesional más desafiantes y fascinantes de la experiencia humana: el mundo de los asuntos exteriores.

 

Nuestra historia comienza así: en 1977, la hija de Joseph Kobel viajó a Denver, Colorado, para organizar junto a su madre y hermanos, el funeral de su padre, quien el momento de su fallecimiento, era el Decano de Relaciones Internacionales de la Universidad de Denver.  Entre las múltiples ofrendas y arreglos que se recibieron por el fallecimiento de este muy querido profesor, se encontraba un piano de cerámica con unos bellos arreglos florales.

 

Una de las hijas del Profesor Korbel, observando esa original ofrenda, le preguntó a su madre, “¿Quién envió este arreglo tan bonito?”. La respuesta fue: “Este regalo lo envió la alumna favorita de tu padre, quien justo ahora estaba trabajando bajo su supervisión, en su tesis doctoral”.  Pasó el tiempo, y en 1987 la hija del Profesor Korbel se encontraba trabajando en la campaña presidencial del candidato demócrata Michael Dukakis, y se encontraba reclutando expertos en temas de seguridad y política exterior.

 

Repasando nombres, recordó que había una brillante alumna de su padre que era experta en seguridad y sovietóloga. Entonces la llamó por teléfono y le dijo: “mira, no te conozco, pero estoy buscando expertos en política exterior para Michael Dukakis, y creo que tú eres exactamente la persona que estamos buscando en tu campo de especialidad; me encantaría que fueras parte de nuestro grupo”.  

 

Y la respuesta de la especialista fue: “No sé cómo decirte esto, pero soy simpatizante del Partido Republicano”, a lo que la hija del Profesor Korbel respondió: “Wow, ¿cómo puede ser? ¡Si somos hijas del mismo padre!”.

 

Por esas casualidades de la vida, aún en un enorme país de casi cuatrocientos millones de habitantes como es Estados Unidos, estas “hijas (intelectuales) del Prof. Joseph Korbel” fueron, una, la primera mujer en ser designada como Secretaria de Estado (lo que en Hispanoamérica llamaríamos “Ministra de Relaciones Exteriores”), y la segunda, la primera mujer en ser la Jefa del Consejo de Seguridad Nacional, y la primera afroamericana en ocupar, también como Secretaria de Estado, el puesto número 4 en la línea de sucesión presidencial. 

 

Claro está, hablamos nada menos que de Madelaine Albright y Condoleeza Rice, que cumplieron estas funciones durante las presidencias de Bill Clinton la primera, y George W. Bush la segunda.

 

Las historias de ambas mujeres son de una enorme superación.  Una, Madelaine Albright, habiendo nacido en el extranjero, y por una de esas maravillas que tiene Estados Unidos, siempre abierto al talento, venga de donde venga, llegó a ocupar uno de los puestos más altos en la jerarquía del Gobierno de un país con armas nucleares (algo que es impensable en la mayoría de los países latinoamericanos, tan necesitados y privados de talento político-administrativo, donde, con rarísimas excepciones, ningún nacido en el extranjero puede ocupar cargos ministeriales, cuando en Estados Unidos, a lo largo de su historia, son más de un centenar los extranjeros que han ocupado cargos ministeriales, hasta el día de hoy).  

 

La otra, Condoleezza Rice (su nombre viene derivado de la expresión musical italiana “con dolcezza”) nacida en Alabama, en uno de los bastiones del racismo y segregacionismo de Estados Unidos, tuvo que sufrir un “exilio interior” junto a su padre, profesor universitario, y mudarse a Colorado en 1967 (año de mi nacimiento), para poder tener un futuro con mejores opciones.

 

Ambas, unidas por el azar, alumnas e hijas del mismo padre intelectual, el ex diplomático checo y profesor universitario en relaciones internacionales Joseph Korbel, que tuvo una vida llena de vicisitudes y continuos cambios de país y residencia entre Londres, Checoslovaquia y Yugoslavia en ese período de alrededor de una década entre la ocupación nazi de Checoslovaquia, la breve primavera democrática al finalizar la Segunda Guerra Mundial, y la entrada de Checoslovaquia en la órbita del imperialismo soviético.  

 

Para disfrutar el banquete intelectual de adentrarnos en la mente de estas espectaculares mujeres, las comparto dos conversatorios muy hábilmente moderados por el Prof. Nicholas Burns, un excelente diplomático que tuvo la fortuna de trabajar con ambas, que tuvieron lugar en la Biblioteca y Museo John F. Kennedy, que es siempre mi visita obligada en cada viaje que hago a Boston (lo que motiva siempre la pregunta burlona de mi esposa María Gabriela, riéndose de mi devoción kennediana: “¿qué día de este viaje vas a ir a visitar a tus familiares?”).

 

Ambos conversatorios nos permiten conocer mejor a Madelaine Albright y Condoleeza Rice, y además de recordar brevemente a “ese hombre que ambas compartieron”, encontraremos perspectivas interesantísimas sobre los asuntos internacionales, y también entender cómo sus caminos se unieron, divergieron, y posteriormente confluyeron en ese gran centro del espectro político que ojalá, por el ejemplo que esa gran república ha inspirado en tantos líderes latinoamericanos de nuestra primera independencia, vuelva a ser punto de encuentro de las mejores mentes de ese suelo que, como lo muestra este espectacular conversatorio, no sólo da talentos, sino que los atrae como un poderoso imán.

 

Los panameños, como los uruguayos y la enorme mayoría de los latinoamericanos, descendemos tanto de “los barcos y los aviones” como de los aztecas, los mayas, los incas y de las otras etnias indígenas que poblaban estas tierras antes de la llegada de los europeos.  ¡Ay de aquellas sociedades “jóvenes y en formación”, como las nuestras, donde, como he dicho tantas veces, “cada miembro del equipo es necesario, no nos podemos dar el lujo de excluir ninguno de los talentos que tenemos”, que comienza y avanza en desgraciadas aventuras de exclusión de sus conciudadanos y sus cohabitantes en nombre del origen étnico, orientación religiosa, política, sexual o pasado de sus ancestros!  

 

Aprendamos de las sociedades europeas que, luego de siglos de traumáticas guerras, depusieron innegables odios, cicatrices y dolores, e iniciaron uno de los experimentos supranacionales de superación de fronteras y diferendos históricos, hasta convertirlo, en neto-positivo, en una de las mejores experiencias de convivencia internacional entre diferentes: la Unión Europea. Hagamos que las enseñanzas de estas buenas prácticas de convivencia entre diferentes “se hagan carne” dentro y fuera de las fronteras de nuestras sociedades. 

 

Esta es una buena y constructiva manera de hacer realidad la verdadera intención de las fiestas de Pascua: el espíritu de convivencia y reconciliación entre los seres humanos.

 

Agradeciendo a las excelentes mujeres con las que he disfrutado trabajar en temas de relaciones internacionales y diplomacia económica en Uruguay, Panamá, el resto de las Américas, Europa, el Medio Oriente, Africa, Asia y Oceanía, por ayudarme a enriquecer mi perspectiva de lo internacional como un aspecto esencial y necesario para la vida humana, les deseo a todos un muy feliz Domingo de Pascua de Resurrección.

 

¡Que disfruten este escrito!

 

Alejandro Félix de Souza

 

 

PRIMER CONVERSATORIO: MADELAINE ALBRIGHT EN LA BIBLIOTECA JOHN F. KENNEDY


 



SEGUNDO CONVERSATORIO:  CONDOLEEZA RICE EN LA BIBLIOTECA JOHN F. KENNEDY

 


 
 
 

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