No. 37 – “Navigare necesse est, vivere non est necesse" - ¿Por qué viajamos?
- Alejandro Felix de Souza
- 1 oct 2023
- 13 Min. de lectura

Estimados amigas y amigos:
En uno de los más interesantes libros de la Antigüedad, la monumental “Vidas Paralelas” de Plutarco, que es todo un estudio sobre el liderazgo y la personalidad de los líderes, y que toda persona en posición de liderazgo debiera estudiar (y las sociedades se beneficiarían mucho de ello), el autor cita esta frase atribuida al gran Pompeyo: “navigare necesse est, vivere non est necesse”.
Pompeyo, viajero y conquistador incansable, había ocupado los máximos cargos en el período tardío (mediados del siglo I antes de Cristo) de la Gran Republica Romana luego de una exitosa carrera militar que inició apoyando a uno de los grandes líderes políticos de su tiempo, Lucio Cornelio Sila Félix. En el año 56 a.c. se produce una gran escasez de alimentos que hizo que, además de escasos, se volvieran caros; como sabemos por desarrollos recientes en varias partes del mundo luego de la Guerra de Ucrania, un pueblo hambriento es un caldo de cultivo de inestabilidad política y cambio de régimen, por lo que se encargó a Pompeyo el buscar una solución a este tema.
Plutarco narra que Pompeyo armó una flota para ir a buscar trigo a Sicilia, Cerdeña y Africa. Cuando la flota emprendía el camino de regreso, se encontraron con una gran tormenta, y tanto los pilotos de la flota como los marineros estaban asustados; pero Pompeyo dijo que él levantaría las anclas primero, y que todos debían seguirlo sin más temores, afirmando: “navegar es necesario, y vivir no es necesario”, historia que tuvo un final feliz, pues culminó exitosamente su viaje y con ello aseguró el suministro de alimento a Roma y las provincias vecinas, la paz social y la estabilidad política de la Republica. Plutarco quería realzar con este pasaje la visión y el liderazgo de Pompeyo, conquistador de enormes territorios para Roma en toda la cuenca del Mediterráneo y el Oriente próximo, de que quien quiere mantenerse en la seguridad de su casa o su aldea, y no se aventura fuera de sus costas, se cierra y niega a las novedades, oportunidades y beneficios que tiene el viajar, embarcarse, y conocer “tierras y modos ajenos”. Y esto es fundamental para cualquier ser humano, y sobre todo, para quienes ocupan posiciones de liderazgo en la sociedad.
Esta frase “navigare necesse…” pervivió a través de los siglos y fue el lema de la Liga Hanseática, esa gran plataforma de internacionalización y vehiculización de los conocimientos y la técnica en la Edad Media tardía, que fue la precursora de la gran explosión humanística del Renacimiento europeo. Cada vez que viajamos a Holanda, no dejamos de recordar lo importante que fue la Liga Hanseática en la germinación de la Europa renacentista.
En abril de 1991, comencé un viaje que tendría un gran impacto fundamental en mi vida, que fue ir a vivir, lo que en principio era por un quinquenio, y luego se transformó en una residencia de casi una década, a Japón. El día de mi partida, mi Mamá se acercó a mí y me dijo, con lágrimas en los ojos: “te llevó un tiempo, pero cumpliste lo que me dijiste cuando tenías cinco años”. Y me contó una anécdota que hasta el día de hoy me acompaña: cuando yo tenía cinco años, un día estaba discutiendo con ella, y le había dicho “Mamá, si no dejas de molestarme, me voy a ir a Japón”. Ella dice que se quedó boquiabierta, porque no sabía de dónde había sacado eso, y cómo conocía que existía ese país, y que cuando me preguntó, le había dicho que “porque ese lugar queda muy lejos”. Y era verdad: Uruguay era en esa época, y aún lo es, un lugar que quedaba literalmente en las antípodas de Japón, doce husos horarios de diferencia, y casi treinta horas de viaje de puerta a puerta en avión.
Japón no era el lugar donde pensaba iniciar mi periplo profesional, pero me tocó, y fue un gran evento que el destino puso en mi camino, y sobre lo que reflexioné, hace treinta años, en un escrito que se titulaba “Japón, un nuevo El Dorado”. Persiguiendo, como los conquistadores, un nuevo El Dorado, lo que descubrí, fascinado por ese increíble país y su maravillosa gente, es que el tesoro de El Dorado no estaba en el oro y las riquezas materiales, sino que estaba dentro de nosotros mismos: hay un enorme tesoro y caudales de experiencia colectiva de la humanidad que llevamos dentro de nosotros, que el viajar, como veremos más adelante, nos muestra en una fantástica vitrina.
“Navegar es necesario”, y llegando a “tierras extrañas y ajenas” descubrí, contrastando nuestro euro-centrismo y los “modos ajenos de vivir” orientales, la increíble y maravillosa forma en que los seres humanos encuentran soluciones a los dilemas que les presenta el pasado, el presente, y el futuro.
Mis genes, como los de muchos, han hecho un viaje muy largo para llegar hasta mí. En mi acervo genético hay doce grandes regiones del mundo que tuvieron que hacer un viaje de varios siglos para llegar a Uruguay, la última región del América en ser habitada y colonizada por europeos, dos siglos después de que se establecieran la mayoría de las ciudades capitales en México, Centro y Sud América. En este viaje se encontraron regiones del Norte, Oeste, Este y Sur de Europa (Portugal, España, Francia, País Vasco, Italia, Noruega, Holanda, Alemania, Escocia), con el Oriente Próximo, y con indígenas del Sureste de América Meridional. Es decir, un viaje genético donde se encuentran fenicios, judíos, sajones, vikingos, celtas, vascos, romanos, venecianos, ligures, florentinos, sicilianos, magrebíes, catalanes y guaraníes; todos pueblos viajeros, todos pueblos que se alejaron de la seguridad de su aldea, y buscando futuro para ellos y los suyos, hicieron un gran aporte al mundo.
Cuando viajo a estas regiones del mundo no puedo sino pensar “¿cómo personas con genes procedentes de zonas geográficas tan distintas terminaron convergiendo en un lugar tan lejos de todo (porque hasta el Covid demoró en llegar al Río de la Plata) como Uruguay?”. Por eso, cuando visito una sinagoga en Holanda, una catedral en Barcelona, el desierto de Marruecos, un palacio en Florencia o Venecia, un muelle en Portugal, una playa en Brasil, escucho una gaita escocesa, saboreo un dulce libanés como el baklavah o un delicioso bacalao a la vizcaína, recuerdo a mis ancestros, a toda esa gente de la que desciendo y que, a través de los siglos y desde grandes centros civilizatorios como España, Portugal, Francia, Holanda, Alemania, Austria, Gran Bretaña, Turquía, han venido a fortalecer y enriquecer la ya rica y fantástica matriz cultural de las Américas (en mi caso como nuestra herencia americana es casi toda post-colonial, no tengo complejo de culpa de la conquista o el encuentro de las dos culturas).
Así que viajar, para mí, es también un viaje hacia mis antepasados, hacia el agradecimiento por hacerme entender lo diverso, fascinante y sorprendente del encuentro de diferentes culturas a través del tiempo y el espacio. Y que no queden dudas: estos Alejandrarios son, sin duda, reflexiones en voz alta sobre cómo estos viajes del ser humano sobre el planeta, nos proveen valiosísimas y pertinentes lecciones para el presente.
Por ejemplo, durante la década que viví en Japón, descubrí en carne propia y por vivencia directa, lo fascinante de abrir la mente a “modos ajenos”. Me volví un apasionado por el orientalismo y la japonología, y me publicaron un par de ensayos sobre un tema interesantísimo del encuentro entre culturas: los testimonios de viajes entre los primeros latinoamericanos que viajaron a Japón, luego de que ese país, cerrado al mundo durante más de doscientos años (con la excepción del par de navíos anuales donde se comerciaba con Holanda), se abrió al exterior durante la segunda mitad del siglo XIX. En mi ensayo “Another Otherness of Japan: Latin American Visions of the Meiji Era”, contaba sobre las visiones no euro-centristas (lo que era un abordaje muy novedoso) de algunos latinoamericanos que visitaron el Japón de la era Meiji (época que podemos ver representada recientemente, aunque no muy fiel a la realidad, en la película “The Last Samurai”, protagonizada por Tom Cruise y Ken Watanabe).
En algún futuro Alejandrario escribiré sobre las originales perspectivas de un mexicano y un brasileño que presentaron ese Japón a ojos de sus contemporáneos, una visión tan diferente del racismo positivista y euro-céntrico predominante en muchos de los viajeros y cronistas de esa época. Recuerdo que esa investigación, que me permitió exponer algo no muy conocido por los japoneses, y ser invitado a algunos congresos de orientalistas en Japón, me permitió conocer a gente fascinante, como el laureado escritor nipón Kenzaburo Oe, que justo el día anterior al congreso en que participábamos como parte de los eventos conmemorativos de los 1,200 años de la fundación de la ciudad de Kyoto, recibió el anuncio de que se le había otorgado el Premio Nobel de Literatura.
Esta fascinación por las crónicas de viajeros que nos relataban “modos distintos”, es algo que me acompañó desde niño, desde que mis padres me regalaron una edición juvenil de “Los Viajes de Marco Polo”, un libro que marcó mi fascinación por el orientalismo y el exotismo, y que recientemente me traje para mi biblioteca en Panamá, para mantener esa conexión con ese niñito inquieto que asustaba con sus “cosas” a mis padres y familiares.
Esa pasión luego se complementó con una colección bastante extensa de versiones históricas y traducciones de “Il Millione” de Marco Polo, y otros libros como la maravillosa Antología de Cuentos de Ramón Menéndez Pidal, que en más de mil páginas contenía quizás la mejor antología de cuentos en lengua española de los cuentos de todas las civilizaciones y épocas, desde la Mesopotamia, China e India hasta principios del siglo XX. Este libro ha estado conmigo toda mi vida, y es un permanente recuerdo para el tesón de mis padres, que tuvieron que reencuadernarlo varias veces, porque me dormía leyéndolo y al caerse de la cama, se le separaba el lomo.
Y luego se fue alimentando con la lectura de otras crónicas de viajeros por América, Europa, Asia y Africa, como los del sacerdote jesuita (y primer sinólogo) Matteo Ricci en la China del Siglo XVI; los de Bruce Chatwin sobre la Patagonia en el siglo XIX; la fantástica “Guia para Viajeros Inocentes” de Mark Twain; una obra menor pero preciosa de Dominique Lapierre como es “Luna de Miel alrededor del Mundo”; los “Cuadernos de Praga” de Abel Posse, que nos cuentan la peripecia del Che Guevara después que sale de los altos cargos del Gobierno cubano y se dedica a “exportar la revolución”; “Los descubridores” que abordando descubrimientos de tierras, de ciencia y de tecnología, ofrece un completo resumen sobre los primeros descubrimientos de regiones extra-europeas; “Viajes con Herodoto”, de Kapucinski, que nos permite acompañar a este gran cronista, periodista y escritor en su primer viaje fuera de Polonia; “Consul in Paradise”, de W. A. Wood, que nos cuenta la vida de seis décadas de un europeo en el Siam (hoy Tailandia) del siglo XIX; la irrepetible “Iberia” de James Michener, quizás el mejor libro de viajes de España, junto con “Los Cuentos de la Alhambra” de Washington Irving; y la monumental “La democracia en América”, de Alexis de Tocqueville, que narra su viaje por las entrañas de Estados Unidos, y que es una reconstrucción ex post facto del gran experimento “grassroots” democrático-republicano de las primera décadas de vida independiente de ese país, y que fue de gran inspiración para las reformas y revoluciones liberales de la Europa del siglo XIX.
Cuando visitamos algunos museos en Europa, Estados Unidos y Asia, no sólo viajamos nosotros, sino que somos testigos del gran viaje que han realizado tanto los artistas como las obras de arte. Una reflexión que a veces escapa a nuestros sentidos es cómo personas de orígenes no nobles como Leonardo, Rubens, o Rembrandt, pudieron viajar, intercambiar sensibilidades y enriquecer su patrimonio perceptual y de experiencias (así como lo hacemos nosotros) a través de los grandes centros de patronazgo artístico de su tiempo. Sus pinturas y su iconografía, que me acompañan desde que en mi infancia leía las biografías de los grandes artistas (por eso mi gente ya se ríe cuando en cada visita a Madrid o a París les digo que “voy a ver a mis amigos y familiares de la infancia”, porque son una presencia permanente en mis recuerdos e imaginario), nos recuerdan el valor de los viajes en la creación de estándares iconográficos y de una sensibilidad europea antes de que existieran formalmente los Estados Unidos de Europa.
Como lo muestran nuestros genes, nuestra matriz cultural, nuestras sensibilidades estéticas, nuestras creencias religiosas, viajar es una actividad humana de tiempos inmemoriales, y que trasciende la mera exploración del mundo físico; es una actividad que impacta positivamente, y dependiendo de nuestras sensibilidades, de forma muy profunda, nuestro bienestar espiritual, mental e intelectual.
Desde las peregrinaciones antiguas hasta los viajes y aventuras del mundo actual, los viajes han sido una fuente de crecimiento, iluminación y autodescubrimiento. Viajar, por ejemplo, nos lleva a conocer paisajes asombrosos, desde un cielo maravillosamente estrellado en el desierto, a montañas con glaciares más grandes que una ciudad. Conectarnos con la belleza del mundo natural nos eleva espiritualmente, vuelve a despertar nuestra capacidad de asombro en medio de un mundo donde la tecnología nos hace creer que ya todo está hecho y descubierto por el hombre, y para quienes creen en la divinidad, nos acerca a la obra de la creación, a la vez que nos recuerda nuestra transitoriedad y pequeñez, y la necesidad de que hagamos algo bueno durante el corto tiempo de nuestra existencia en el planeta.
Visitar nuevos lugares nos expone a culturas diferentes, lo que siempre me ha gustado en llamar “modos ajenos”. En la parte de antropología y religión de mi biblioteca, tengo un precioso volumen que muestra más de 1,000 maneras en que la divinidad es representada en diferentes religiones, y es una maravilla ver, a través de los viajes, las formas tanto monumentales en arquitectura, como minimalistas en rituales y prácticas cotidianas, en que las diferentes culturas y civilizaciones producen, reinventan y reproducen la forma de vincularse con la divinidad y la trascendencia.
Esta es una de las formas o vehículos en que podemos entender que no hay una religión superior a otras, sino que la que hemos elegido o en la que nos hemos educado, no necesariamente es “mejor” o “más válida” que otras formas de encuentro con la divinidad o la trascendencia. La religión es un fenómeno para el que aún estamos buscando respuestas, y los viajes nos recuerdan que todavía no hemos resuelto el dilema de si es un don o chispa que la divinidad nos da, o es una construcción cultural humana. Y la verdad, quizás sea mejor para la Humanidad que este dilema siga sin resolver, para mantenernos en guardia contra los peligros y tentaciones de limitar todo a lo puramente material, o a la experiencia de nuestros sentidos.
Conocer otras culturas nos expone también a esos “modos ajenos”, a fascinarnos con la forma en que diferentes culturas a través de los siglos han encontrado respuestas a desafíos climáticos, sociales, a las enfermedades y epidemias. Entender la gran diversidad espiritual de la Humanidad nos abre el corazón y la mente a ser empáticos, a ser tolerantes, a entender otras racionalidades, y sobre todo, a tener mejor puntería y minimizar los sesgos culturales, etnocentristas y racistas en la relación con los demás.
Viajar también nos permite “romper” con nuestras rutinas, con nuestros micro-ambientes, con el estrés de la preocupaciones diarias. Forzándonos a estar en “otro ser”, el del viajero, nos permite el dulce opio pasajero y fugaz de escaparnos por un rato de las restricciones y limitaciones de nuestra vida cotidiana, y ser por unas horas aventureros, vagabundos, soldados, nobles, artistas, poetas, filósofos, antropólogos, cronistas, “selfiers” y tantos otros roles divertidos que el cambio de ambiente nos ofrece, y con mayor libertad.
Otro beneficio importante de viajar es la estimulación cognitiva, ya que es bien sabido que explorar nuevos lugares estimula nuestro cerebro, al forzarnos a pensar y percibir “fuera de la caja”, despertando habilidades que pueden estar adormecidas en nuestras rutinas diarias como es la resolución de crisis, problemas y situaciones (esta es mi profesión y habilidad), el tener mayor agilidad mental porque tenemos que resolver dilemas tipo “usamos estas dos horas para almorzar en un restaurante o para visitar algunas salas del Louvre” (adivinen qué pasa en mi caso: gana el museo por goleada al restaurante, y eso funciona como un filtro fantástico para quienes se quieren “pegar” a nuestros itinerarios intensos), y si el viaje implica cambiar varias veces de medio de transporte y destinos, pone a nuestro cerebro en un modo de mucha mayor plasticidad y prestancia para la toma rápida de decisiones.
El autodescubrimiento es uno de los grandes beneficios de viajar. Mis hijos saben, y nosotros también, que mi esposa y yo tenemos un vínculo profundo e indestructible, un matrimonio con la causa de que “viajar es necesario”, y que “nunca somos más yo” que cuando viajamos. Muchas veces me siento como el poeta simbolista parnasiano franco-uruguayo Isidore Ducasse, Comte de Lautreamont (Lautreamont quiere decir “el otro en Montevideo”): yo también, tanto en Montevideo, como en Panamá o en Europa, tengo mi otro yo, con el que necesito reencontrarme periódicamente. Es decir, cada tanto me tengo separarme de mi yo secuestrado por la cotidianeidad, y volver a encontrarme con uno de esos “yo” que he dejado por allí, por lo que “navegar es muy necesario” para mí, no es una opción quedarme quieto.
Cuando camino por las calles secundarias de Madrid, me tomo un café en los grandes templos literarios de Montevideo o camino por su rambla costera, estoy frente a la Torre de Belén en Lisboa, en uno de los canales de Amsterdam, en el área de San Salvatore en Venecia, en el Duomo de Florencia, en la Rambla de Barcelona, o camino por las calles e iglesias coloniales del Casco Viejo de Panamá, me encuentro y reconcilio conmigo mismo, y me digo “ahora sí soy yo”, me encontré con “el otro”.
¡Y qué otra cosa más bonita y divertida nos ofrece el viajar que aprender? Esto lo hemos visto con nuestro hijo adolescente, que es una esponja y que, sin una marcada inclinación por lo intelectual o artístico, nos sorprende cada tanto con las asociaciones muy inteligentes y creativas que hace entre conceptos y cosas que descubre en los viajes. Viajar nos expande nuestras perspectivas, es un buen antídoto contra el provincialismo, el nacionalismo y el racismo. Nos sacude preconceptos, nos estimula a pensar críticamente, a revisar nuestras creencias y prejuicios, y a acercarnos a los problemas con mucha mayor apertura mental.
Esto que les comparto, lo he descubierto de una manera bastante empírica: sin embargo, no puedo sino recomendarles altamente que vean este maravilloso video de Rick Steeves, que nos explica de una manera inmejorable el por qué es importante y necesario viajar.
Rick Steeves es uno de los mejores educadores y cronistas de viaje de nuestra época, y en este emocionante, y a veces conmovedor video con subtítulos en español y cientos de imágenes maravillosas que documentan la fantástica experiencia humana a través de los viajes, nos explica de una manera muy cercana, casi como un hermano que pasa el brazo por encima de nuestro hombro y nos dice, como Baudelaire “hyprocrite lecteur, mon semblable, mon frère!”, por qué viajamos.
Estoy seguro que durante estos minutos de viaje juntos, harán, como yo lo he hecho desde que descubrí el verdadero valor de hacerlo, el viaje más importante de nuestras vidas: el viaje hacia nosotros mismos. Un viaje algunas veces duro, muchas veces emocionante y lleno de alegrías, pero sobre todo, un viaje que siempre, siempre, es necesario.
Que disfruten este Alejandrario y las reflexiones que les motive!
¡Que tengan un feliz domingo!
Saludos de Alejandro Félix de Souza



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