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No. 39 – Lecciones del ayer, para el mundo de hoy: Una mirada a la relación entre adultos y jóvenes en el Japón de principios de los años noventa

Puestos de comida con letreros coloridos en un mercado japonés. Al fondo, una pagoda roja y árboles. Ambiente animado y soleado.

Estimados amigos:

 

En mayo de 1993, con 25 años, me aprestaba a viajar por primera vez a Panamá para, como dicen en España, hacer la “pedida de mano” a los padres de quien sería entonces mi prometida y futura esposa, María Gabriela.

 

En estos días me encuentro trabajando a marchas forzadas en la nueva edición de un libro que había escrito y terminado hace 30 años, justo antes de mi viaje a Panamá, y antes de que existiera la disponibilidad de internet, de que hubiera redes sociales, y que tuviéramos la plétora de información disponible que tenemos hoy en día.

 

Aunque yo no había todavía definido mi vocación intelectual y profesional de comparatista, y no había siquiera pensado que haría estudios de Maestría en ese campo exótico del saber, de algo sí estaba claro: ese Japón deslumbrante, tan diferente y con tantas lecciones para transmitir a Occidente y particularmente a América Latina, no podía quedarse adentro de mi cabeza: tenía que compartirlo con amigos, con lectores de mi mismo idioma. 

 

Y producto de una investigación muy larga, con una extensísima bibliografía de más de una centena de libros anotados y revisados, y miles de artículos clasificados en enormes colecciones (que todavía atesoro), pude sintetizar un pequeño opúsculo, que hoy me sorprende, por la increíble madurez que tenía ese Alejandrito con una veintena de años.  La verdad, hasta me da hasta miedo hacerle una visita a ese muchacho ultra-inquieto, ja ja. 

 

Gracias a mi fiel y devota asistente, Nicole Paniza, y a una de mis Consultoras Senior, Celeste Amaro, que me insistieron hasta la saciedad de que tenía allí un material de valor, me he puesto a marchas forzadas a editar una versión para enviar prontamente a imprenta.  Y como siempre, para poder completar esta tarea, cuento con la complicidad y apoyo de mi inigualable compañera de vida, María Gabriela, así como de una “parada obligada” debida a la situación de cierre de vías en Panamá, y a la recuperación de una operación de hernia, postergada ya por demasiados años.  Esta es la razón de mi silencio de las últimas semanas.

 

Y lo que les comparto a continuación, es un subcapítulo de la parte de libro donde hago un análisis de diferentes cortes etarios y de género de la sociedad japonesa a principios de los años noventa, pero que son asombrosamente actuales (y cuando leo a este muchachito me dan ganas de abrazarlo, pegarle un coscorrón en la cabeza y decirle “¿por qué te dedicaste al no tan divertido oficio de buscar hacer plata?”).  El artículo que sigue es la parte en ese capítulo de estudio de diferentes cortes transversales de la sociedad japonesa, a los jóvenes nipones.  Notarán también que, a propósito, el texto utiliza tanto el tiempo verbal pasado como el presente, y es un pequeño truquito para transmitirle a nuestra mente que hay datos del pasado, pero que tienen una increíble fuerza y potencia en el presente, por eso el texto parte del ayer, pero está en un continuo viaje entre el hoy y el ayer.

 

Y el subtexto del artículo es un dilema tan viejo como la Humanidad: el difícil diálogo y la convivencia entre diferentes generaciones.  Su lectura nos permitirá, como le pasa a casi todo el mundo, revisitar con amor, cariño, y hasta lágrimas, nuestra relación con nuestros padres, nuestros abuelos, y nuestra comunidad de crianza y aprendizaje para la vida.

 

Y también, como corolario intencionalmente deseado por este muchachito que era veinteañero en ese momento, pero que ya pensaba como ”viejito”, nos permitirá repensar nuestra relación con los jóvenes de hoy en día, acercándonos desde la comprensión de que, lo que ellos son, nosotros lo fuimos.

 

Y que, si en ese proceso nos hemos enzarzado en peleas y discusiones con nuestros padres como hijos, y con ellos como padres, la vida y el tiempo, que todo lo nivelan y ponen en perspectiva, les presentará a nuestros hijos situaciones cómicamente similares a las que nosotros tuvimos con nuestros padres cuando éramos jóvenes, y decíamos (y ahora ellos también dicen) que no las resolveríamos igual que como lo hicieron nuestros padres.

 

En resumen, bienvenidos a un tema fundamental en la experiencia de vida de cualquier ser humano en cualquier sociedad, pero con la perspectiva exótica y comparada de este “sabor oriental”.

 

¡Que lo disfruten!

 

Alejandro Félix de Souza

 

IV

 

TIEMPOS NUEVOS, NUEVOS HUMANOS:

LOS “NUEVOS JÓVENES” JAPONESES, PRECURSORES DE LOS ACTUALES “MILLENIALS”

 

 

¡O témpora! ¡O mores! (¡Oh tiempos! ¡Oh costumbres!) decía Cicerón en sus Catilinarias, quejándose de los valores morales y las costumbres de los hombres de su tiempo. No hacía más que enunciar una constante humana elevada casi al grado de axioma: desde tiempos inmemorables, los hombres se han sentido desconcertados y recelosos de las nuevas generaciones (en las sociedades contemporáneas, ello es claramente constatable en el mayor protagonismo social de adolescentes y jóvenes maduros con respecto a las sociedades antiguas).

 

No debería sorprendernos, entonces, que los japoneses que vivieron la Segunda Guerra Mundial y sus durísimas circunstancias y consecuencias, percibieran con alarma y desconcierto a los muchachos que estaban alcanzando la madurez en los años noventa.

 

Para cualquiera que hubiera vivido en Tokio o en cualquier otra gran ciudad de Japón a principios de los noventa, le era difícil encontrar una solución de continuidad entre estos jóvenes que vestían ropas caras, conducían autos importados de origen europeo, y se peinaban a la moda, con los sencillos y diligentes albañiles constructores del milagro económico japonés, una de las más apasionantes historias de éxito de cualquier nación.

 

Esta, la de fines de los años ochenta y principios de los años noventa, fue la primera generación de japoneses que vivió en la “sociedad opulenta”, que no habían conocido otra cosa que la prosperidad y la satisfacción inmediata de sus deseos.

 

Cuando niños, fueron privilegiados de una sociedad que, ya segura de su éxito económico, premió en ellos las frustraciones, abstinencias y penurias de sus progenitores.  Esa etapa infantil privilegiada, sería vista retrospectivamente en la edad adulta, como una lejana Arcadia, como una era idealizada o “de oro”, en la que no tenían que cumplir con los convencionalismos sociales que un país devoto y consciente de las formas, como el Japón, obliga a observar.

 

Las prioridades de estos nuevos jóvenes, sus objetivos, sus valores y “su razón de ser en el mundo” es tan, pero tan, diferente de la de sus progenitores y de las generaciones mayores, que se los ha llamado “shinjinrui”, esto es, “nuevos humanos”. El término es peyorativo a secas, y tiende a denominar personas que persiguen obsesivamente los cambios del mundo de la moda, con varones que usan cosméticos para mejorar su aspecto exterior, beben bebidas importadas, practican deportes caros y exóticos (para los japoneses), y usan el teléfono celular como un accesorio más.  En definitiva, son personas que toman “a la ligera las cosas serias de la vida y, muy seriamente, las cosas triviales”.

 

Es claro entonces que ya entonces, a principios de los años noventa, había una puja generacional, pero no como las que vivieron los jóvenes de fines de los sesenta con las generaciones mayores (recordemos el mayo del 68 francés o las revueltas estudiantiles en Estados Unidos, Europa, Sudamérica y el propio Japón de fines de los sesenta).

 

Y ellos es y era así porque estos “nuevos humanos”, ignotos precursores de los que ahora se conocen como “millenials”, no se caracterizaban por su rebeldía, sino por su conformismo; no eran extremistas políticos, eran políticamente neutros o pasivos (más que neutrales); no abjuraban del materialismo, antes bien, eran obsesivamente consumistas.

 

A diferencia de sus mayores, que sufrieron la derrota de la guerra y las secuelas de ésta, que pusieron sobre sus hombros la tarea de la reconstrucción de un país en ruinas para convertirlo en una potencia económica, los jóvenes de los años ochenta y noventa llegaron tarde a todo, se encontraron con que la fiesta ya había acabado.

 

La mística por construir una nación de la nada ya había pasado, y se encontraron con un país muy arreglado y ordenado, donde prácticamente no quedaba nada importante por resolver. La juventud japonesa de fines de los ochenta y principios de los noventa está integrada por individuos compelidos a vivir una edad menos heroica, menos idealista, menos dramática y más incierta que la de sus predecesores. Estos últimos, los “nuevos viejos”, guardan como preciosos blasones de guerra los sacrificios que realizaron y, reunidos en bares o tertulias, hacen sus “cantares de gesta”, epopeyas de la guerra que llevaron a cabo victoriosamente sobre la miseria, el caos y la pobreza.

 

Ahora son los jóvenes quienes cuestionan con sus actitudes -y lo que es peor, con su indiferencia y su prescindencia de algunos viejos valores- la validez de la continuidad de la estructura de valores que dio a luz a tamaño esfuerzo. Sus padres y abuelos contestan que todo ello se hizo por el país (aunque, como dice Dan Keisuke, se sospecha que, aunque no lo quieran admitir, lo hicieran por su felicidad y orgullo personal), y fue ese fervor el caldo de estos héroes que han construido el principal pilar, cómo negarlo, de este fabuloso presente del Japón como potencia mundial, levantado de la devastación de la guerra y de las dos únicas explosiones nucleares en la historia.

 

Los llegados después de que el entusiasmo y el fervor se habían extinguido, no tenían la pasión para rebelarse; hasta el eterno y “peso ligero” rebelde del personaje de James Dean en “Rebelde sin Causa” es para ellos un objeto de consumo, los “nuevos humanos” nunca lo vieron como un ejemplo a imitar.

 

La ausencia de una autoridad paterna fuerte, debido a las largas horas en el trabajo, que les disputara el amor de la madre en el típico triangulo edípico, no constituía, precisamente, una escuela en la que se pudiera detestar la autoridad, y fuera tierra fértil para un semillero o cuna de rebeldes. Un padre cansado y ausente, no se atreve a ejercer la autoridad paterna dado al escaso tiempo que ocupa en la vida de sus hijos.

 

No es de extrañar que, como señalan acertadamente la mayoría de los especialistas, los jóvenes adolescentes japoneses se vean como muy conformistas, o indiferentes frente a los problemas generales de la sociedad. Estos jóvenes manifiestan su oposición a un sistema de valores jerarquizados y pleno de convencionalismo, a través del no-disenso, del no-criterio.

 

Como carecen de un sentido de autoridad inmanente (lo aceptan a regañadientes como una imposición heredada del mundo fuera de su hogar), les cuesta establecer jerarquías u oposiciones excluyentes entre, por ejemplo, “el amor a una causa” y “el vivir el presente”, algo en lo que sus padres no habrían dudado. Para ellos, es muy difícil establecer qué es significativo socialmente, y qué no lo es.

 

Cuando deciden comprarse ropas lujosas, por ejemplo, no lo consideran una cosa superficial, porque les cuesta distinguir entre lo importante y lo accesorio con valor absoluto. No viven según reglas morales ancestrales, jerarquizadas y universales, sino que viven de acuerdo con una estética, un mundo donde está estructurado, donde nada es permanente, donde todo fluye, donde se siguen los dictados del gusto, en vez de ubicar los actos a uno u otro lado de la línea axial o eje que separa lo bueno de lo malo. Esta estética es una estética del placer y no del significado, y de ahí su veleidad y dinamismo.

 

Es esta apatía, este no-criterio, lo que -a ojos de sus mayores- está erosionado y/o subvirtiendo la vieja mística, la antigua y nítida estructura de valores. Los nuevos humanos son vistos como inmorales y despistados, y no faltan Catones Censores para censurar el abandono de la vieja ética; tampoco los profetas y augures del eclipse del éxito presente. Esta fue mi reflexión sobre este tema a principios de los años noventa.

 

Pero estos jóvenes son la consecuencia de los cambios sociales -y principalmente de ese ámbito principalísimo y primigenio de socialización que es el medio familiar- promovidos por sus propios padres. Es la incertidumbre frente a estos jóvenes lo que más aterra a las generaciones mayores, dado que el sacrificio individual (por lo demás, por la patria, esto es, por una causa abstracta y heroica) había sido la argamasa que mantuvo la cohesión social que posibilitó el fenomenal y casi milagroso desarrollo del Japón de la posguerra.

 

¿Qué pasará ahora que las nuevas generaciones se han orientado hacia una radical relativización de esos más que centenarios valores sociales? De la respuesta a esta pregunta dependerá buena parte del futuro de Japón tal como lo conocemos hoy.


 
 
 

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