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No. 10 - Hijos de las decisiones de nuestros padres


Silueta de un padre cargando a su hijo que señala hacia el horizonte. Están de pie sobre una roca. Fondo claro y contraste marcado.

Más que hijos de nuestros padres, somo hijos de las decisiones de nuestros padres. Así que hoy, en el Dia del Padre, quiero homenajear a tres padres en mi familia que, con sus decisiones, hicieron parte de la huella y el camino que me ha tocado transitar a mí. 


Comienzo con el padre de mi abuelo Olavo, don Joao de Souza, que a fines de 1880, tomó la decisión de pasarse al lado de Uruguay (tenía campos en el Sur de Brasil y Norte de Uruguay), y establecerse en una joven y ascendiente república, que en menos de una década, se convertiría en el país más rico del mundo en términos de ingreso per cápita.  


Mi abuelo Olavo nació en ese fantástico Uruguay del Novecientos, con su educación vareliana laica, gratuita y obligatoria, y el pequeño “país modelo” del gran visionario que fue José Batlle y Ordóñez. En esa democracia y república ejemplar donde nació y creció mi abuelo Olavo, significó para toda mi familia (perteneciente al otro partido tradicional, con 185 años de historia, el Partido Nacional), el crecer en un país de oportunidades y de avanzada, donde dábamos por “naturales” cosas excepcionales y presentes en pocos países del mundo, como la fortaleza y estabilidad de las instituciones republicanas, la fragmentación del poder para evitar su concentración, la coparticipación de los partidos en la administración de los tres órganos del Estado  para evitar la reinvención de los países cada 5 años, y un poder judicial independiente y apolítico, que fuera garantía de las libertades y la auténtica igualdad ante la ley.  Fue gracias a la decisión del padre de mi abuelo, mi bisabuelo Joao, que tuve el privilegio de nacer en ese país porfiadamente libertario, democrático y republicano. 


Fue por la década de 1910, que otro padre, esta vez el padre de mi abuela Blanca, Giovanni Salvador, se avecinó en Uruguay desde su Venecia natal.  Con eso, me regaló a la única abuela que conocí, ya que los otros tres abuelos habían fallecido. Mi adorada abuela Blanca era una madre cariñosa y abnegada de los siete hijos que tuvo con mi abuelo Santos, y de los cuatro del primer matrimonio de mi abuelo, ya enviudado. Recuerdo de ella que a todos nos hablaba con diminutivos, algo que me quedó cuando quiero referirme a alguien con cariño.   De mi bisabuelo Giovanni Salvador heredé el amor por el idioma, la literatura, la estética y la sensibilidad artística italiana, que forman parte de mi herencia intelectual.  


Casi en esos mismos años otro extranjero, viniendo de tierras muy lejanas (el Líbano dominado por el Imperio Otomano), tomó la decisión de afincarse en un país prometedor y esplendoroso, también ingresando desde el Brasil.  Era mi abuelo Santos José, quien había llegado al Uruguay batllista desde el Líbano, con un primo materno, de apellido Caram, a “hacer la América”.  Le tocó rápidamente, como a todo extranjero llegado a Uruguay, aclimatarse y ser incorporado a la “uruguayidad” por esas dos grandes avenidas, grandes plataformas en las que los extranjeros eran rápidamente adoptados por “el pequeño país modelo”: la política (a diferencia de mis abuelos maternos, que eran “blancos saravistas independientes”, mi abuelo se hizo “blanco herrerista”), y el fútbol, viendo el mayor ciclo exitoso de cualquier selección nacional: de 1903 a 1954, la Selección Uruguaya de fútbol había sido dominante en la mayoría de los torneos internacionales donde había participado.


De las decisiones de estos padres, son hijos mis padres, y también yo.  Por eso, agradecido a estas personas que, con sus decisiones, me dieron una plataforma de vida para decidir ser libre, republicano, demócrata y tolerante, elevo una oración por todos ellos y les digo: “Feliz Día del Padre, y gracias por tanto!”.


Que tengan todos ustedes y los padres en su familia, un feliz Día del Padre! 


Son los deseos de Alejandro Félix de Souza

 
 
 

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