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No. 57— Estados Unidos, China y el "juego del gallina" – Los nuevos frentes de hostilidad en la carretera de la competencia de los imperios

Dos autos, uno azul y otro rojo, simbolizando USA y China se enfrentan en una carretera al atardecer. Señal indica direcciones: USA y China. Ambiente tranquilo.

Estimados amigos:

 

En mi último viaje a Uruguay, tuve el placer de disfrutar, junto a mi esposa, un delicioso almuerzo campestre en tierras de San José junto a dos de mis ex jefes: el legendario Enrique Iglesias, quien ocupó cargos importantísimos (primer Presidente del Banco Central del Uruguay; 2º. Secretario Ejecutivo de CEPAL en los setenta y ochenta; primer Canciller de la democracia restaurada en Uruguay; ex Presidente del BID, electo por varios períodos; primer Secretario General Iberoamericano), y el anfitrión, mi querido jefe y amigo Sergio Abreu, ex Senador, ex Ministro de Relaciones Exteriores, ex Ministro de Industria y Energía, actual Secretario General re-electo de la Asociación Latinoamericana de Integración – ALADI.

 

Con Enrique, divinamente lúcido a sus 94 años, recordamos al Dr. Felipe Paolillo, a quien repatrió de un importante cargo en Naciones Unidas (había sido el alma de la negociación sobre la primera Convención Internacional sobre el Derecho del Mar, como Representante Especial del Secretario General de las Naciones Unidas, y su principal Asesor Legal), para que revolucionara la Academia Diplomática del Uruguay, y el concurso de ingreso al Servicio Exterior (a mí me tocó participar en el primer concurso organizado bajo las nuevas reglas). 

 

Felipe, a quien yo admiraba profundamente, tenía cierta ambigüedad respecto a mi. Y era natural: ¿cómo podía ser que, habiendo diseñado el concurso más exigente y meritocrático establecido en ese momento para el acceso de profesionales a la función pública, le hubiera salido que un niño de 18 años en su primer año de la Universidad, no sólo lo hubiera pasado, sino que hubiera quedado en los primeros puestos?    Con el tiempo, me fue conociendo y fuimos teniendo gran aprecio uno por el otro (y él, con su estilo particular de “Profesor severo” – pero al que se le notaba la debilidad por el alumno-, me trataba siempre de “usted”, aunque podría tener menos edad que de sus sobrinos).

 

Dentro de la renovación curricular que nos trajo Felipe Paolillo a la Academia Diplomática bajo la Cancillería de Enrique Iglesias, teníamos un curso muy interesante de Política Internacional, muy enfocado en la dinámica Este-Oeste, ya que nos encontrábamos todavía (no sabíamos en ese entonces que era en las postrimerías) de la Guerra Fría.  Relacionado con ese curso, un grupo de Profesores de Brown University vino a darnos unos talleres en el majestuoso Palacio Taranco (visita obligada para quienes vayan a Montevideo), donde descubrí a John Nash, el Premio Nobel de Economía (y protagonista de la película Oscarizada de Ron Howard, “A Beautifil Mind”, “Una Mente Brillante”) que formuló la Teoría de los Juegos.  

 

Un detalle interesante que muestra el nivel de pensamiento que existía en esa Cancillería uruguaya: además de los participantes uruguayos en ese programa, había invitados de las Embajadas de Argentina, Brasil y Paraguay.  No había ni siquiera asomado que algunos años después, se iniciarían conversaciones sobre el MERCOSUR, pero ya la cancillería uruguaya estaba considerando que los diplomáticos de Embajadas de países cercanos, en temas de negociación internacional, debían compartir la misma base de conocimiento, para que pudiéramos entendernos mejor.  ¡Es que el futuro se construye desde algún presente!

 

Entre las obras publicadas en vida de autores que influenciaron mi vida intelectual, tengo la primera edición del ensayo de John Nash, publicado hace 75 años, en 1950.  Y de uno de los juegos más interesantes propuestos por Nash en esos escritos, que nos dan luz sobre la dinámica internacional de hoy en día, tratará este Alejandrario.

 

Dos autos que avanzan uno hacia el otro, mientras la hierba solo puede ser espectadora

 

Hay momentos en que la geopolítica se convierte en un duelo o juego de dos automóviles que avanzan de frente sobre una carretera estrecha, decididos a no desviarse. A bordo, los conductores sostienen su mirada con dientes apretados, sabiendo que desviarse es perder. Y sin embargo, saben también que, si ninguno de los dos se desvía, el choque será fatal, y el resultado será peor para ambos: nadie saldrá indemne.  Este es el dilema clásico del “juego del gallina” (“el que se acobarda y cede, pierde”), una de las variantes de la Teoría de los Juegos de John F. Nash.

 

Así se han comportado, durante casi una década, los Estados Unidos y China. Dos potencias que no solo compiten, sino que se desafían. Que mientras comercian entre ellos, avanzan en una dinámica de rivalidad de poderes. Que no solo construyen su futuro, sino que tratan de modelar el del mundo.

 

Desde aquella escalada de aranceles y amenazas iniciada en 2018 hasta esta pulseada implacable del 2025, ambos países se han convertido en protagonistas de una de las variantes del “juego del gallina”.  Un juego donde la firmeza es una virtud, pero también un riesgo letal. Donde ceder es humillante, pero chocar es suicida.

 

La lógica es cruda: si yo cedo y tú no, tú ganas. Si ambos cedemos, nadie pierde pero tampoco se impone. Y si ninguno cede… el desastre. Esta dinámica, que durante la Guerra Fría se aplicaba a la disuasión nuclear, hoy se vive en el terreno comercial, tecnológico y reputacional. La diferencia es que ahora, en lugar de cabezas nucleares, el conflicto se juega con aranceles, semiconductores, productos tecnológicos, servicios digitales, y cadenas de suministro.

 

Trump lo comprendió a su manera: con amenazas ruidosas, sanciones imprevistas, gestos teatrales. China respondió con paciencia estratégica: represalias quirúrgicas, narrativas de orgullo nacional, y una apuesta a resistir a largo plazo.

 

Ambos apuestan a no ser los primeros en desviarse. Ambos creen tener más capacidad de resistencia que el otro. Ambos olvidan —quizá a propósito— de que detrás de sus respectivas decisiones se encuentra la salud de la economía global.

 

Ese juego, que inició hace una década, en 2025 cambió de forma y de escenario:  se juega con menos estruendo, pero con mayor profundidad. Ya no es solo una guerra comercial. Es una batalla sistémica. Cultural. Digital. Algorítmica.

 

 

Matriz del “juego del gallina” en el conflicto comercial entre Estados Unidos y China (versión simplificada con interpretación de resultados)

 


 

•       (0 , 0): Ambos ceden; evitan el conflicto, pero ninguno se impone.

•       (-1 , +1): EE.UU. cede, China no; China gana prestigio.

•       (+1 , -1): China cede, EE.UU. no; EE.UU. obtiene ventaja.

•       (-10 , -10): Ninguno cede; colisión destructiva (guerra comercial total).

 

“Lanzando el volante por la ventana”: el compromiso con la decisión tomada

 

El “juego del gallina” tiene una regla no escrita: el que primero lanza el volante por la ventana del vehículo, está diciendo que no piensa desviarse. Una señal de compromiso total con la decisión tomada. Una jugada audaz, casi desesperada, para forzar al otro a ceder.

 

Eso hicieron, en su propio estilo, ambos países. Estados Unidos, con su discurso de soberanía económica, con su persecución a Huawei, con su presión para aislar a China del acceso a los semiconductores de última generación. China, a su vez, respondió con su plan de autosuficiencia industrial, con bloqueos selectivos a empresas estadounidenses, y con una agresiva expansión de su yuan digital.

 

Ambos lanzaron sus volantes por la ventana. Ninguno quería desviarse.

 

Pero al hacerlo, quedaron atrapados en una paradoja: cuanto más creíble es su amenaza, más costosa (y con más perjuicios y riesgos para ambos) se vuelve la posibilidad del choque. Y lo que está y estará en juego no es solo el prestigio, sino el futuro de ambos países, y del mundo.

 

Equilibrios inestables

 

La teoría de los juegos, como lo vemos en la matriz, predice que hay dos equilibrios asimétricos posibles: uno cede y el otro no (sea A o B el que cede). Pero cuando ambos se creen con derecho a no ceder, y ambos disponen de recursos para resistir, se impone una tercera salida: ceder sin parecer que se cede.

 

Así nacieron las treguas, las pausas, los acuerdos temporales, los comunicados ambiguos y las reuniones de alto nivel, que no producían resultados tangibles, pero servían para evitar el colapso y enfriar la temperatura. Lo que importaba no era tanto lo que se acordaba, sino lo que se posponía. La diplomacia como “gestión de la demora”.  Porque como alguna vez lo dijo el ex Presidente uruguayo Julio María Sanguinetti, gobernar es también evitar lo peor. 

 

Hoy vivimos en ese equilibrio inestable del “juego del gallina”. Uno en que los actores simulan mantener el control de la dinámica, mientras el juego sigue en marcha. Un equilibrio que no resuelve la cuestión de fondo, pero aplaza los peores resultados para ambas partes (el choque recíproco con desenlace fatal).

 

La guerra que se volvió invisible

 

Lo que era una guerra de aranceles, es ahora una guerra de códigos. La carretera del “juego del gallina” se trasladó al mundo digital. Los nuevos campos de batalla son los semiconductores, la inteligencia artificial, la computación cuántica. Las armas son los vetos, las listas negras, las restricciones a la inversión y las normas invisibles del comercio tecnológico.

 

Mientras tanto, el resto del mundo observa, calcula, se alinea, se protege. Los países pequeños y medianos —como Uruguay, como Panamá— descubren que ya no basta con ser neutrales: hay que ser resilientes.

 

En esta guerra sin balas, la ventaja no está en la fuerza bruta, sino en la capacidad de adaptación. De jugar el juego sin parecer que se juega. De evitar ser campo de batalla, o estar cerca de serlo.

 

El riesgo de ganar a toda costa

 

El mayor riesgo de entrar en la dinámica del “juego del gallina”, no es tener que ceder. Es querer ganar a toda costa. Es olvidar que el adversario no es un enemigo a eliminar de la faz de la Tierra, sino un actor con el que, tarde o temprano, se deberá convivir.

 

Y es aquí donde la teoría encuentra su límite y la política su urgencia. Porque ningún algoritmo estratégico puede prever el efecto acumulado de la desconfianza, la fatiga o el orgullo nacional herido en forma repetida. Ningún modelo de juego puede prever una crisis inesperada, una elección impredecible, una caída del mundo financiero que obligue a uno o a ambos jugadores a frenar en seco.

 

En 2025, seguimos atrapados en un juego donde cada decisión se mide no solo en ventajas económicas, sino en símbolos de poder. Donde cada paso atrás es temido como una rendición. Y sin embargo, tal vez la única salida verdaderamente estratégica sea la de ceder con elegancia. No por debilidad, sino por inteligencia.

 

Frenar a tiempo: el verdadero arte

 

En el “juego del gallina”, el verdadero arte no es seguir adelante y terminar en un choque fatal para ambos jugadores. Es saber frenar a tiempo sin parecer cobarde. Es entender que el poder verdadero no está en la destrucción mutua, sino en la capacidad de preservar el juego, de mantener la carretera abierta para los que vendrán después.

 

Porque los imperios, como los automóviles, también necesitan frenos. Y porque el mundo no puede permitirse el lujo de una colisión entre sus dos motores principales.  Por muchos años, lo han sabido en silencio (sin declararlo al mundo, por orgullo, claro está) ambos conductores. Por eso no se ha producido el choque fatal, el resultado indeseado. Por ahora.

 

Mientras tanto, la hierba (es decir, todos los demás, nosotros) sabe cuál es el mejor escenario: que ambos jugadores decidan no seguir jugando ese juego.

 

Alejandro Félix de Souza

Nota: Algunas secciones de este ensayo se beneficiaron del uso de tecnologías de inteligencia artificial para el procesamiento de lenguaje natural, integradas a lo largo del proceso creativo por el autor, bajo su autoría, concepto y dirección intelectual.

 
 
 

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