No. 58— El silencio, la cruz y la constancia: Ōura, Nagasaki, y la fidelidad como testimonio ante la persecución "Al distinto"
- Alejandro Felix de Souza
- 11 may 2025
- 6 Min. de lectura
Actualizado: 10 dic 2025

El 17 de marzo de 1865, apenas terminadas las obras de la Iglesia de Ōura en Nagasaki (en la isla de Kyushu, la más meridional del Japón) el sacerdote francés Bernard-Thadée Petitjean recibió la visita de lo que la historia recordará como una epifanía.
Aquel templo católico recién inaugurado (el más antiguo de Japón todavía en operación, Tesoro Nacional y patrimonio histórico, de visita imprescindible para quienes estudiamos religiones comparadas y la historia de las religiones en diferentes contextos culturales), coronado por una cruz sobre la colina y custodiado por el mar, hoy nos parecería una iglesia más. Pero aquel día de marzo de 1865, una anciana japonesa, acompañada por otras figuras calladas y atentas, se acercó con respeto y esperanza, y formuló una pregunta que estremeció los cimientos del alma del misionero:
—¿Dónde está la estatua de Santa María?
Petitjean, totalmente sorprendido, apenas pudo responder:
—¿Ustedes son seguidores de Jesús?
Ese momento, registrado por Petitjean con estupor y lágrimas, marcó uno de los capítulos más extraordinarios de la historia espiritual de la humanidad. Porque aquellos hombres y mujeres no eran conversos recientes ni devotos perdidos.
Eran los descendientes de los kakure kirisutan, los cristianos escondidos que, durante más de dos siglos —desde los edictos de persecución a los cristianos del Shogunato Tokugawa— habían practicado su fe en las sombras, con un silencio que no era cobardía, sino reverencia. Sin sacerdotes. Sin templos. Sin Biblia. Y, sin embargo, con una constancia inquebrantable.
Imaginen la escena: familias que pasaban la fe a través de las generaciones, por 250 años, como se pasa una receta familiar, orando en dialectos en los que la palabra "Deus" se había transformado en “Deusu”, ocultando rosarios en cajas de arroz, disfrazando imágenes de la Virgen con rasgos de Kannon, la diosa de la compasión budista.
Durante mi visita en enero de 2020 con mi esposa y mis hijos —apenas dos semanas antes de que los medios hablaran de una “rara enfermedad respiratoria” en Wuhan—, pudimos presenciar ese mismo lugar, intacto en su humildad y majestad, y con el alma aún vibrando del gesto de aquella mujer que buscaba a María. Caminamos en silencio por la iglesia, pero también por el museo anexo, donde objetos anónimos narran una fantástica epopeya de resistencia interior.
Allí están los rosarios camuflados, hechos con semillas secas y piedras pulidas. Las imágenes de la Virgen talladas como si fueran estatuillas de Buddha Kannon. Los “fumi-e”, placas de bronce con la imagen de Cristo, que se colocaban en el suelo para obligar a los sospechosos de cristianismo a pisarlas: quienes se negaban eran torturados o ejecutados. Lo más estremecedor era ver los libros litúrgicos copiados a mano en un japonés arcaico, sin saber latín, sin haber visto nunca un sacerdote, manteniendo con asombrosa precisión el núcleo del mensaje evangélico.
Nosotros mirábamos con asombro esas reliquias sin joyas ni oro, y nos preguntábamos: “¿Cómo podían rezar sin iglesia ni sacerdote? ¿Cómo se las habían ingeniado para perpetuar su fe a escondidas y en silencio?”. Las respuestas estaban allí mismo, entre los objetos de fe hechos en casa: sabían porque decidieron no olvidar, no abandonar a su fe, y ser fieles a sus antepasados. Porque sus abuelos no lo olvidaron. Porque su comunidad, dispersa pero tenaz, supo que la fe no es una instrucción externa, sino un fuego íntimo. Y ese fuego no se apaga por decreto ni ley humana.
Mi vínculo con esta historia no es solo emocional ni turístico. Es también biográfico. En 1996, siendo estudiante de la Universidad de Sophia —la primera universidad católica de Japón, fundada por los jesuitas en el corazón de Tokio—, emprendí un viaje solitario a Kyushu, repasando la ruta de San Francisco Xavier y los primeros misioneros del Siglo XVI. Quería entender lo que Shūsaku Endō narraba en sus novelas Silencio y El Samurái, textos donde la fe no se impone ni se proclama: se sufre, se cultiva en la contradicción, se vive en la duda.
Recuerdo haber llegado a pequeñas aldeas costeras donde aún hoy, en templos que parecen casas, los descendientes de aquellos cristianos escondidos continúan rezando a su manera. Hablaban poco. Pero mostraban mucho. Sabían con certeza que alguien había amado tanto al mundo como para morir por él.
Esa fidelidad japonesa no es exclusiva del ámbito religioso. Está en la cultura. En ese sentido profundo del deber —el giri— que en Japón de Cerca describí como la estructura moral que sostiene una sociedad sin necesidad de vigilancia. Como cuando vimos —junto a millones en el mundo— a los hinchas japoneses recoger la basura del estadio después de los partidos del Mundial. Nadie los mira. Nadie se los exige. Pero lo hacen igual. Porque lo correcto no depende de las circunstancias ni de si los demás actúan bien o mal. Depende de uno. Como se lo dije a un político esta semana, “aunque te crucifiquen, hay sólo una cosa en la que no puedes estar nunca en minoría: con tu consciencia”.
Ese mismo principio lo vi reflejado en los cristianos escondidos. No esperaban liberación. No esperaban reconocimiento. Su dignidad era silenciosa, hogareña, compartida en voz baja. Pero firme. Y por eso sobrevivió.
Volver con mi familia a la Basílica de Ōura, más de dos décadas después de aquella primera visita, fue volver al corazón del testimonio. Desde los vitrales hasta el campanario, todo parecía honrar no el poder de la Iglesia, sino la constancia de quienes la mantuvieron viva cuando no había Iglesia alguna.
Y allí también están los signos del presente: las placas que recuerdan las visitas papales. Juan Pablo II en 1981, conmovido ante los mártires. Francisco en 2019, declarando que “no hay verdadera paz sin el respeto a la dignidad humana”.
Palabras que resuenan más fuerte cuando uno mira los rostros tallados en bronce de los 26 mártires crucificados en Nishizaka, entre ellos San Felipe de Jesús —el primer santo mártir de América—, a quien menciono también en Japón de Cerca como símbolo del vínculo entre oriente y occidente, entre la fe que viaja y la que resiste.
Pocas veces he sentido con tanta claridad que la historia no es un pasado muerto, sino un presente que late. Y si algo me quedó de ese viaje, en el umbral de una pandemia global que vendría a trastocar todo, es esta convicción muy personal, muy vivida: la humanidad se juega en el trato hacia el distinto.
A veces será un cristiano escondido en el Japón feudal. A veces un vecino que piensa distinto. O un migrante. O un joven que no encaja. Alguien que es “cancelado” o sufre “bullying”. Cada vez que decidimos no pisar el rostro del “distinto”, del perseguido—como aquellos cristianos japoneses que a riesgo de su vida, se negaron a pisar la imagen de Jesús en el fumi-e—, cada vez que optamos por el respeto en vez del miedo, la fidelidad en vez del ruido aparatoso de la “falsa indignación del rebaño”, estamos eligiendo civilización.
Fue en esa visita maravillosa, hecha con propósito y sentido, cuando recordé (porque recordar es etimológicamente “re-cordis”, es decir, “volver a pasar por el corazón”) lo esencial: el mundo está lleno de sistemas que oprimen al que es distinto. Llámese religión, política, raza o género, siempre hay un poder que quiere borrar la diferencia. Vivimos tiempos de indignación volátil, de convicciones a la carta (según quien sea, amigo o enemigo), de fe líquida. Lo diferente incomoda. Lo complejo aburre. Lo profundo asusta. Se cancela, se silencia, se exilia.
Frente a eso, el testimonio de los “kakure kirisutan” (los “cristianos escondidos”) es un recordatorio incómodo: que se puede ser leal a lo invisible, fiel a lo impopular, constante incluso en la derrota. Los cristianos escondidos no pudieron escribir tratados. No tomaron el poder. Pero vivieron con una dignidad que el tiempo no borró. Y eso, en un mundo que cambia de principios según la ocasión, ya es una victoria eterna.
Alejandro Félix de Souza
PD: La tumba del Padre Petitjean sigue en Ōura, donde murió en 1884, 20 años después de terminar las obras de la construcción de la Iglesia. Sus frutos fueron visibles aún en vida: en el año de su muerte, había más de 30,000 católicos en Japón, dos obispos, 53 misioneros europeos, tres sacerdotes japoneses, dos seminarios, y 65 escuelas con más de 3,000 alumnos. En medio de la adversidad, floreció la fe. Porque donde hay fidelidad y constancia, siempre hay esperanza.







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