El fin del mundo, otra vez
Viejos y nuevos apocalipsis y nuestra obsesión por el control

Esta semana, volvieron los anuncios del fin del mundo. Investigadores vinculados a Anthropic hablaron abiertamente de extinción humana por inteligencia artificial; algunos de los principales líderes del sector pidieron desacelerar el desarrollo de sistemas cada vez más capaces, y Carlos III advirtió sobre “peligros existenciales”. El lenguaje es nuevo. El miedo, no.
Durante siglos hemos anticipado finales. En 1524, una predicción astrológica anunció un diluvio europeo, y hubo quienes construyeron arcas. En 1844, los milleritas esperaron el Segundo Advenimiento, y vivieron luego su “Gran Decepción”. En 1910, el cianógeno detectado en la cola del cometa Halley alimentó temores de que la Tierra atravesara una nube venenosa. El año 2000 trajo el Y2K; 2012 transformó una interpretación equivocada del calendario maya en una cuenta regresiva planetaria. Cambian los instrumentos del desastre; permanece nuestra fascinación por la última página.
En AI and the Wisdom of Popular Religiosity: Human Limits and the Dream of Omnipotence (2026) exploro precisamente ese impulso: la aspiración humana a domesticar la incertidumbre, reducir el misterio y convertir el límite en un problema técnico. Queremos control. Y cuando intuimos que podríamos perderlo, aparece el pánico.
Por eso regreso también a Eva. En La Mirada de Venus: Lecciones de Grandes Mujeres de la Historia sobre la Inteligencia Artificial (2026), imaginé el Edén como un entorno controlado, y a Eva como la variable que deja de comportarse como esperaba el laboratorio. La vida humana entra en la historia cuando el experimento se sale del guión, y Eva sería entonces la que “activó” a la historia y al libre albedrío. La ficción histórica especulativa que vengo construyendo sirve justamente para eso: poner voces antiguas frente a tecnologías nuevas, y descubrir continuidades que el entusiasmo del presente suele no percibir.
Hay, además, una soberbia semántica en decir “fin del mundo”. Casi nunca hablamos del mundo: hablamos de nosotros. La Tierra tiene unos 4.500 millones de años; Homo sapiens, alrededor de 300.000, según la NASA. Para quien cree, el Génesis coloca al ser humano en el sexto día, no en el primero. En ambos relatos llegamos después.
Una humanidad verdaderamente magnífica empieza cuando acepta que no es propietaria del planeta ni dueña de la Creación, según donde nos ubiquemos. Si nuestra especie desapareciera, sería una tragedia humana inmensa. Pero la Tierra seguiría girando.
Quizá el apocalipsis más peligroso no sea el que anuncian las máquinas, los cometas o los calendarios. Es la fantasía de una especie recién llegada que confunde su propia desaparición con la desaparición de todo. El mundo puede sobrevivirnos. La pregunta es si aprenderemos finalmente a habitarlo con cordura, antes de intentar poseerlo.


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