No. 34 – 75 Años de un mueble icónico – Eero Saarinen y el diseño de muebles en la primera mitad del siglo XX
- Alejandro Felix de Souza
- 16 jul 2023
- 14 Min. de lectura
Estimados amigas y amigos:
Desde mi tierna infancia, cuando tenía 4 o 5 años de edad y mis padres me regalaron uno de los juegos infantiles que más recuerdo, “El Joven Arquitecto”, tuve una fascinación por la arquitectura y el diseño futurista (algo que se reforzaba cuando miraba los dibujos animados de “Los Supersónicos”).
En el video que les adjunto, creado por la Arquitecta argentina Fabiana “Faby” Ocaña, Arquitecta e Historiadora del Arte y del Diseño, en el minuto 44:58 encontré sillas-sillones que formaron parte de mi infancia, las célebre “Butterfly” o “Mariposa”, del estudio BKF, de los argentinos Bonet, Kurchan y Ferrari, discípulos de Le Corbusier, y fundadores del Grupo Austral, una de las grandes escuelas arquitectónicas de Latinoamérica. Estas sillas “Butterfly”, con armazón de hierro y asientos de cuero, forman parte de mis recuerdos de la infancia, en nuestra casa en Lagomar, en ese entonces un balneario “lejos” de Montevideo, hoy casi integrado a la ciudad, en ese espacio de más de 20 kilómetros sobre el Rio de la Plata que se llama la Ciudad de la Costa, y es uno de los lugares más lindos para vivir en Uruguay, porque “se está y no se está” en la ciudad, combinando playa, balneario y ambiente rural en un mismo espacio.
Mi fascinación con el diseño, y particularmente con el italiano y el escandinavo, se reforzaron cuando, en el marco de un proyecto de cooperación técnica insignia entre Italia y Uruguay, me tocó, hace más de 35 años, en 1988, trabajar como enlace de la Cancillería uruguaya en un proyecto pionero y que ha formado a miles de uruguayos en una disciplina única: el Centro de Diseño Industrial, que se inauguró ese año, en la vieja cárcel de Miguelete (justo en los 100 años de funcionamiento como establecimiento carcelario).
Con ese sentido puesto en la historia que es tan fuerte entre los uruguayos, esa fue una hermosa manera de reciclar los pabellones carcelarios, convirtiéndolo de un espacio de reclusión, a un espacio de libertad para soñar, imaginar, crear y solucionar para toda una generación de jóvenes uruguayos y latinoamericanos, que se han beneficiado de los esquemas gratuitos o casi gratuitos de formación universitaria y terciaria que tiene el Uruguay (una tradición de la que yo y muchos de los míos somos agradecidos herederos).
En el proceso del establecimiento de ese Centro de Diseño Industrial, me tocó conocer de cerca a la Arquitecta Franca Rosi, con quien nos reuníamos en las antiguas caballerizas del Palacio Santos, que era donde estaba mi oficina. Franca era una leyenda del diseño industrial en Italia, y a partir de ese momento y a través de ella, enriquecí mi patrimonio de experiencias estéticas con la pasión por el diseño ingenioso, del que Italia ha sido siempre un país de referencia. Y era de esas italianas impactantes, con un aire a Sophia Loren, muy fotogénica, una mirada intensa, y una sonrisa encantadora.
Hay una hermosa crónica escrita por Armando Olveira Ramos (un periodista uruguayo dedicado a la investigación y difusión sobre las migraciones, la cultura y el patrimonio cultural e histórico) sobre Franca Rosi y su padre, Franco, y para los que somos apasionados en encontrar relaciones numéricas entre fechas y datos, como yo, surgen algunas coincidencias interesantes en las líneas que siguen. Olveira nos cuenta que Franco Rosi, el padre de Franca, nacido en 1927 (el mismo año que la Dra. Magherini, a la cual nos referiremos más adelante) fue un volante central (el típico No. 5) mítico de la Lazio, uno de los clubes de Italia con tanta tradición como seguidores sufridos, hasta su partida del club en 1948 (fecha que nos vincula con el protagonista principal de esta historia, Eero Saarinen).
Luego de retirarse del fútbol, Franco Rosi comenzó a entrenar a equipos de fútbol infantiles en Ostia, el antiguo puerto de la Roma imperial. Mientras estaba en esas tareas, nos cuenta Olveira Ramos que un visitante frecuente de esos entrenamientos era el cineasta Pier Paolo Pasolini (el año pasado se conmemoraron los 100 años de su nacimiento), una de las figuras más interesantes del cine y la cultura italianos de la segunda mitad del siglo XX, lo que hoy diríamos un “disruptivo”. Pasolini, cuya última película, “Saló, o los 120 días de Sodoma”, había generado una gran polémica en el año de 1975, estaba tomando ideas de esos entrenamientos de fútbol para hacer alguna de sus películas, y el 2 de noviembre de ese año de 1975 fue asesinado en circunstancias que, a casi cincuenta años del hecho, no han sido aún aclaradas (lo que me hace recordar a la espectacular frase que Eduardo Sacheri le hace decir a la protagonista de la oscarizada película argentina “El Secreto de sus Ojos”: “Qué caso, no termina nunca!”) . Fue Franco Rosi quien encontró muerto a Pasolini en una calle de Ostia, y según sus palabras: “fue una experiencia dolorosa, porque le estimaba y admiraba, y porque fui quien llamó a la policía”.
Su hija Franca, nacida en 1951, nos recuerda Olveira, “fue campeona italiana de triatlón, lanzamiento de bala, salto alto y 100 metros planos, mientras estudiaba arquitectura en la Universidad de Roma” (la famosa “La Sapienza”). Se casó con un colega y viajaron en los años ochenta a Costa Rica y Malasia, interesados en ofrecer la experticia italiana en al diseño industrial aplicado al mobiliario y objetos de la vida cotidiana. A su regreso a Roma en el verano de 1987, recibió una llamada del Ministerio de Relaciones Exteriores de Italia, invitándola a ser parte de un proyecto de cooperación técnica con Uruguay, en respuesta a una solicitud enviada por Adela Reta, la legendaria Ministra de Educación y Cultura (el Auditorio del Servicio Oficial de Radiodifusión y Espectáculos, SODRE, lleva su nombre) del primer gobierno democrático del Uruguay, presidido por Julio María Sanguinetti.
Según contaba Franca Rosi en la crónica de Olveira, “ella solicitaba cooperación para crear un centro de diseño industrial, y viajé a Montevideo en octubre de ese año, para realizar un estudio de factibilidad. Con Adela nos entendimos desde un principio. Comencé a investigar las experiencias desarrolladas en el país, y descubrí la figura de Pedro Figari (que hace más de 100 años estableció el primer Instituto de Artes y Oficios del Uruguay). Enseguida me puse en línea con su sensibilidad y con una frase maravillosa de Figari: ¡o nos industrializamos o nos industrializan, que mantiene toda su vigencia!”.
Y ocho días después de llegar a Montevideo, encontró la sede más inesperada para el futuro Centro de Diseño Industrial. Cuando lo vio, le dijo a la Ministra: “éste es el lugar!” Allí decidieron, como lo cuenta Olveira, que el Centro de Diseño Industrial iba a funcionar en la ex Cárcel de Miguelete, un edificio que se había inaugurado casi 100 años antes, en 1888. “Habíamos visitado varios sitios, todos bastante buenos, pero ninguno como el antiguo edificio de estilo inglés del siglo XIX, ¡magnífico!”, expresó la Arquitecta italiana. Nos cuenta estuvo junto a la Ministra “al día siguiente que habían desalojado a los presos, cuando todavía estaban los platos servidos con comida fresca. ¿Qué mejor que transformar una cárcel en un centro de formación profesional? Miguelete me pareció muy emblemático, por su pasado, y porque íbamos a darle vida a un entorno muy deprimido. Filosóficamente era un mensaje muy poderoso, en favor de la educación”.
Franca vive en Montevideo, así que en mi próximo viaje a Uruguay, espero saludarla y agradecerle por todo lo que le ha dado a su patria adoptiva. Como lo dice ella en la entrevista de Olveira, “soy romana, adoro mi ciudad, pero en Montevideo está mi vida actual. Tengo todavía mucho para dar y recibir del pueblo uruguayo. Me gusta colaborar en la construcción de la identidad cultural, ¡hay tanto qué hacer! Me encanta trabajar con el equipo que he formado después de tantos años. Un colectivo que se alimenta de los conocimientos y experiencias de cada uno, para aportar soluciones educacionales y profesionales. ¡Un verdadero privilegio!”.
Como lo dice mi amigo el Embajador de Italia en Panamá, Fabrizio Nicoletti, hablando de la enorme capacidad de los italianos en producir ciencia y tecnología, no es casualidad que Italia tenga tan gran producción de científicos y tecnólogos con soluciones innovadoras, que pelean de igual a igual con grandes centros de producción en esa área, como Estados Unidos, Rusia, China y Japón. Él indica que una razón (que yo diría es “ambiental”, o “ecosistémica”) que explica ello, es que desde la muy temprana infancia, los italianos están expuestos, desde que salen de su casa en la mañana hasta que regresan en la noche a descansar, a una plétora de experiencias sensoriales en la arquitectura, la pintura, la escultura, el tejido urbano, el diseño, que hacen que los científicos y tecnólogos italianos tengan un campo sensorial altamente estimulado por la creatividad a la que se ven expuestos cotidianamente. Bueno, estas no son exactamente las palabras de Fabrizio, pero al menos (siguiendo la máxima de “traduttore, tradittore”), aquí está su espíritu.
Mis estudios de Relaciones Internacionales en Florencia, en el año 1990, no hicieron sino reafirmar y profundizar mi amor por el diseño de Italia. Solo ver las ingeniosas formas en que el diseño de palacios, fortalezas, salones, jardines, y las icónicas creaciones de los grandes artistas del Renacimiento italiano tanto en arquitectura, pintura y escultura (la mayoría de ellos eran, además, “todoterreno”, podían expresar admirablemente su talento en estas tres grandes expresiones del arte, y además derramar hacia la ciencia, la tecnología, la literatura, la moda y la música), fueron meses de un huracán estético abrumador.
No por nada en el segundo mes de mi estadía en Florencia, y ante la avalancha de turistas en esa primavera italiana donde el país se preparaba para albergar el mundial de fútbol, y recibía enormes contingentes de turistas de Europa del Este (recién caída la Cortina de Hierro) y de Japón, además de los “sospechosos de siempre” (alemanes, estadounidenses, franceses, españoles, latinoamericanos), se publicó un artículo que resumía una famosísima investigación sobre los efectos psicológicos y físicos de una rara y recientemente descubierta enfermedad psíquica: el ”Síndrome de Stendhal”.
El “Síndrome de Stendhal” es el título de una obra publicada en 1989 por la psiquiatra florentina Graziella Magherini, nacida en 1927, el mismo año que Franco Rosi (hoy tiene 95 años). Magherini se refería a lo que le pasó al escritor francés Stendhal, el día que visitó la Iglesia de la Santa Croce, uno de mis lugares favoritos en Florencia, en 1817.
Al salir de la Basílica de la Santa Croce (donde trabajaron artistas como Arnolfo di Cambio, Cimabue, Giotto, Brunelleschi, Donatello, Vasari, Ghiberti, Orcagna, Della Robbia, Giovanni da Milano, Bronzino, Michelozzo, Veneziano, Maso di Banco, Giuliano da Sangallo, Benedetto da Maiano y Canova, entre otros), y que es conocido informalmente como el gran panteón de las glorias de Italia, pues allí están las tumbas de notables (no solo para Italia, sino para la Humanidad) como Dante Alighieri, Lorenzo Ghiberti, Nicolás Maquiavelo, Miguel Angel Buonarotti, Giorgio Vasari, Galileo Galilei, Gioacchino Rossini, Guillermo Marconi y Ugo Foscolo, entre otros, Stendhal se sintió abrumado y se desmayó. En su libro de viaje (con tintes autobiográficos, aunque lo narra en tercera persona), el autor narra cómo, al salir de Santa Croce, «Había llegado a ese punto de emoción en el que se encuentran las sensaciones celestes dadas por las Bellas Artes y los sentimientos apasionados. Saliendo de Santa Croce, me latía el corazón, la vida estaba agotada en mí, andaba con miedo a caerme».
La Doctora Magherini, luego de verificar la presencia de síntomas comunes con pacientes que atendió durante veinte años en el Hospital Santa Maria Nuova en Florencia, utilizó el nombre de Stendhal para referirse a la enfermedad psicosomática que afecta a personas que están expuestas a un abrumador conjunto de experiencias sensoriales provocadas por el arte. Como lo decía la Dra. Magherini en el libro que publicó unos pocos meses antes de mi llegada a Florencia, y que tenía abundante evidencia estadística médica, “el Síndome de Stendhal ocurre con más frecuencia en Florencia, porque aquí tenemos la mayor concentración de arte renacentista en el mundo”.
Así que todos los que han visitado Florencia, Roma, Venecia, Milán, Nápoles, y tantas otras hermosas ciudades italianas, y sienten algo como vértigo, desvanecimientos, fatiga, elevación del ritmo cardiaco, sensación de desorientación, mareos o visión borrosa, ansiedad o estrés, puede que estén sufriendo de ese síndrome, debido a la abrumadora exposición de los sentidos a un conjunto inigualable de belleza concentrada en unos pocos kilómetros cuadrados.
Y volviendo ahora al tema que ocupa nuestra atención, me quiero referir a una nueva explosión de arquitectura y revolución en el diseño que ocurrió en la primera mitad del siglo XX, aunque me voy a referir específicamente al diseño de muebles.
El siglo XX fue un período de intensa evolución en el mundo del diseño de muebles, con múltiples movimientos artísticos y culturales que dejaron una huella duradera en la forma en que concebimos el mobiliario en la actualidad. Entre los diversos talentos que emergieron durante este tiempo, Eero Saarinen se destacó como uno de los diseñadores más influyentes e innovadores de su generación. Su visión revolucionaria y su enfoque único hacia la estética y la funcionalidad, dejaron una marca indeleble en el diseño de muebles moderno.
La primera mitad del siglo XX presenció el nacimiento y la propagación de varios movimientos de diseño, incluyendo el modernismo, el art déco, el racionalismo y la Bauhaus. Estos movimientos enfatizaron la simplicidad, la funcionalidad y la incorporación de materiales y técnicas de fabricación avanzados. Los diseñadores comenzaron a alejarse de los estilos ornamentales del pasado, y adoptaron líneas limpias y formas geométricas para reflejar una nueva mentalidad industrial y tecnológica.
Eero Saarinen, nacido en Finlandia en 1910 y criado en los Estados Unidos, fue influenciado por estos movimientos y también por su padre, Eliel Saarinen, que era un arquitecto de renombre. A través de su educación y experiencias desde la niñez, Eero desarrolló un profundo aprecio por la arquitectura y el diseño, lo que lo llevó a estudiar en la Academia de Arte y Diseño de Yale y a completar su formación en la Cranbrook Academy of Art en Michigan. Allí, se encontró con otros diseñadores y arquitectos influyentes como Charles Eames y Harry Bertoia, quienes se convertirían en sus colegas y colaboradores en el futuro, y que también dejarían su huella en el diseño de muebles en el siglo XX, como veremos en el video adjunto.
En la década de 1940, Eero Saarinen ya había establecido su nombre en el mundo del diseño arquitectónico, pero fue en el ámbito del diseño de muebles donde dejaría una marca duradera. Sus creaciones eran audaces, innovadoras y desafiaban las convenciones tradicionales. Uno de sus diseños más famosos es la silla Tulip, que presentaba una única pata en forma de tulipán que le daba su nombre. Esta silla fue el resultado de su búsqueda continua para eliminar la maraña de patas tradicionales de las sillas y mesas y crear una apariencia más limpia y contemporánea.
Otra de sus creaciones icónicas fue la silla Womb, una butaca que se inspiró en la idea de un útero, buscando proporcionar una comodidad excepcional al usuario. La silla Womb se convirtió en un símbolo del diseño orgánico y ergonómico, y su forma escultural se ha mantenido como un ícono del mobiliario moderno.
Además de la silla Tulip y la silla Womb, Saarinen es conocido por su trabajo en la serie de mesas Saarinen, que presentaban superficies suavemente curvadas y pedestales centrales en lugar de patas convencionales. Estas mesas se convirtieron en piezas altamente deseadas y se utilizaron en muchos entornos residenciales y comerciales, contribuyendo a la popularización del mobiliario moderno.
Lo que hizo a Saarinen verdaderamente revolucionario en su enfoque fue la combinación de la forma y la función en sus diseños. Buscaba encontrar la armonía entre la estética y la utilidad, fusionando la elegancia con la comodidad y la innovación tecnológica. Su enfoque holístico y sus ideas visionarias sobre cómo debería ser el mobiliario del futuro lo han convertido en un pionero en su campo.
El diseño de muebles en la primera mitad del siglo XX fue una época de experimentación y cambio radical. Los diseñadores de ese período buscaron romper con las convenciones tradicionales y abrazar una estética más moderna y funcional. Eero Saarinen se destacó en este panorama con su enfoque único, creando piezas atemporales que continúan siendo apreciadas en la actualidad. Su legado sigue vivo, y su influencia en el diseño de muebles moderno es innegable, ya que su trabajo sigue inspirando a generaciones posteriores de diseñadores y arquitectos.
Y aquí viene una nota personal, y es donde todas estas historias aparentemente inconexas, se vinculan. En 1992 conocí en la India y Nepal a mi futura suegra, Gloria Altamirano Duque, antes que supiera que iba a ser “futura” y que iba a ser “suegra”. La verdad, fue un flechazo recíproco. Gloria, y esto merece verdaderamente textos aparte, era un huracán de mujer, tremendamente vitalista y con un increíble sentido estético, algo que heredó su hija en grado superlativo, y en lo que compartimos admirados todo lo maravilloso que la India, y particularmente, Rajastán, la tierra de los Rajás, nos podían ofrecer en algo que parece lejanísimo, como era la India de hace 30 años, cuando no se sospechaba que podía ser una potencia tecnológica y científica, aunque sí era innegable el talento artístico y creador de sus habitantes, que nos dejaron deslumbrados con los objetos que tenían tanto en sus palacios, como en sus museos y mercados.
Unos meses después, vine a Panamá a pedir la mano de mi esposa, y conocí a mi suegro, Gustavo Méndez Valdés, un caballero como he conocido pocos. Cada uno de mis suegros, con sus gustos, aficiones, humores y personalidad, produjo una profunda impresión en mí, pero sobre todo, el saberlos extraordinarias buenas personas me indicaba que mi futura esposa tenía tanto cualidades propias como heredadas de unos padres que le habían dado mucho amor.
Cuál no fue mi sorpresa al llegar a la casa y descubrir una arquitectura muy moderna, al igual que mobiliarios y diseños interiores muy alejados de los que estaba acostumbrado en las viejas casonas europeas de Montevideo. Allí me enteré que la casa había sido diseñada por un arquitecto panameño-estadounidense que había estudiado con Frank Lloyd Wright, el arquitecto más importante de las primeras seis décadas en Estados Unidos, y que tenía obras icónicas en otros países, incluyendo el primer Hotel Imperial de Tokio, la ciudad donde yo vivía.
También había muebles de formas curiosas, que me recordaban aquellos muebles que veía en las series de Los Supersónicos. Y no estaba del todo mal, porque entre los varios muebles de la década del 50 y 60 que habían en la casa, muchos de ellos de Knoll and Associates, había sillas Bertoia, Eames y mesas y sillas de Eero Saarinen. A su regreso de Brasil, donde habían vivido desde 1950 hasta 1967, mis suegros tenían una tienda de muebles de diseño, donde destacaban los muebles de Knoll and Associates y muebles tropicales de ese fantástico Brasil futurista de los años sesenta y setenta, cuando el país pensaba que “era el país del futuro” (y algunos cínicos dirían después “y siempre lo será”).
Cuando mi suegra falleció sorpresivamente en 1996, mientras vivíamos en Japón y comenzábamos a armar nuestra familia, muchos de los muebles terminaron en un depósito, donde no fueron guardados con el mejor cuidado. Unos años después, ya habiéndonos venido a vivir en Panamá, me puse en la tarea de rescatar algunos de ellos, entre ellas un juego de sillas “Womb” (útero) originales de Eero Saarinen, realizadas en 1948: una silla individual con su butaca, y un “love seat”, con el apoyo de Lito, un fantástico artesano chileno. Estas sillas me acompañan al comienzo y al final del día, en mi biblioteca, y me recuerdan ese momento mágico, hace exactamente 30 años, en 1993, cuando conocí a mis suegros y decidí unir mi vida para siempre a la de María Gabriela.
En el minuto 53:01 del video de la Arquitecta Fabiana “Faby” Ocaña, donde se describen muebles icónicos del Siglo XX hasta la década de los cincuenta, podemos ver la descripción y ejemplos de esta silla “Womb” como de la silla “Tulip” de Eero Saarinen. Y también, antes y después, algunos muebles que quizás hayamos visto en museos, edificios públicos o residencias privadas. Nombres de artistas maravillosos como Mackintosh, Rietveld, Mies Van der Rohe, Marcel Breuer, Le Corbusier, Eileen Gray, Alvar Aalto, Isamu Noguchi, Eero Arnio, Charles & Ray Eames, Harry Bertoia, Arne Jacobsen, Florence Knoll. También, más cerca de nosotros, vemos algunos ejemplos de obras de Herman Miller, Philippe Starck, Verner Panton, George Nelson, y Frank Gehry, quien hizo el diseño del fantástico y sorprendente BioMuseo, la espléndida sede del museo sobre la biodiversidad, la sostenibilidad, y el cambio climático que se encuentra a la entrada del Canal de Panamá, sobre el Océano Pacífico.
Y son precisamente esas sillas “Womb”, que este año cumplen la friolera de 75 años, en las nos sentamos, gozamos y sufrimos junto a Fernando, mi hijo menor, las peripecias de la selección de fútbol de Panamá en el camino hacia la final de la Copa Oro de la Confederación Norte, Centroamericana y del Caribe de Fútbol (CONCACAF), que hoy, domingo 16 de julio, juega la final frente a la poderosa selección mexicana. ¡Vamos, vamos Panamá!
¡Que disfruten este recorrido estético “distinto” por otras formas de expresión de la espléndida explosión artística que muchos de nuestros padres y abuelos pudieron ser testigos en esa maravillosa primera mitad del siglo veinte!
Saludos de Alejandro Félix de Souza



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