No. 56— "Brotes verdes, raíces hondas" Homenaje a los 40 años de recuperación democrática de Uruguay, una de las 12 democracias plenas del mundo
- Alejandro Felix de Souza
- 6 abr 2025
- 7 Min. de lectura

Queridos amigos:
Este es el último Alejandrario de una “trilogía espontánea” que se fue engarzando “orgánicamente” por eventos ocurridos durante las últimas semanas, que nos permiten extraer lecciones para entender el presente, el pasado y el futuro, y que la historia siga siendo “Magistra Vitae”.
En un mundo donde las democracias se marchitan al sol de la intolerancia, la desinformación y el mesianismo político, Uruguay vuelve a ser un “brote verde” y florecer como lo que José Batlle y Ordóñez soñó hace más de un siglo: ese pequeño país modelo.
No es un milagro ni un accidente: es una herencia, una obstinación, un acto deliberado de persistencia institucional. A cuarenta años del retorno democrático de 1985, Uruguay reafirma su pertenencia al reducido círculo de las doce democracias plenas del mundo.
El Uruguay que reverencia su historia democrática no lo hace como un ritual momificado, sino como una siembra que exige riego, atención y renovación constante. Porque, como bien se repitió esa noche, la democracia no es un punto de llegada, sino un camino que se recorre todos los días, con paso firme y espíritu vigilante.
El pluralismo, la fortaleza institucional y la cultura de partidos son los pilares visibles. Pero lo invisible es quizás aún más poderoso: el compromiso emocional de una ciudadanía que aprendió a convivir con sus diferencias sin que corra sangre, a disputar ideas sin quebrar la república, a cambiar gobiernos sin poner en jaque el sistema. Esa foto de todos los presidentes —sentados juntos, hablando con respeto y sin trampas retóricas— es una rareza en el mundo. Una rareza envidiable.
La República Oriental del Uruguay no solo celebra la vigencia de su sistema republicano: lo reafirma, lo honra, lo enriquece. Y lo hace no con fuegos artificiales, sino con lo que verdaderamente distingue a las repúblicas maduras: memoria activa, debate cívico y pluralismo real. En la sede del Partido Colorado, con representación de la familia (mi esposa María Gabriela Méndez, ya que yo sigo viviendo la mayor parte del tiempo en Panamá), los expresidentes Julio María Sanguinetti, Luis Alberto Lacalle Herrera, José Mujica, Luis Alberto Lacalle Pou (por mensaje grabado, ya que se encontraba de vacaciones), y el presidente actual Yamandú Orsi protagonizaron un acto de esos que en otros países son imposibles, y en Uruguay son tan naturales como el mate compartido.
Allí también estuvieron, sin estar físicamente, porque siguen vivos en el calor del pueblo y en el pensamiento colectivo, Tabaré Vázquez y Jorge Batlle, cuyas gestiones, más allá de matices, sostuvieron la institucionalidad, encarnaron el respeto por la Constitución y dejaron huellas profundas en la construcción democrática del Uruguay moderno. “El país está antes que todo —dijo Tabaré—. Antes que mí, antes que usted, antes que mis hijos.” Y Jorge Batlle, en momentos de crisis, supo convocar a todos los partidos y decir: “Esto se arregla con política, con coraje, con república.” Ambos son parte de este legado.
Uruguay no es perfecto. Tiene heridas que aún supuran: desaparecidos, injusticias no resueltas, desafíos en seguridad interna, mantener el sistema de contención y resguardo social que ha sido una característica del país por más de 100 años, preservar a la educación pública como la poderosísima palanca de progreso intelectual, espiritual y de movilidad social ascendente que fue cuando mis bisabuelos y abuelos, de diferentes partes del mundo y hablando idiomas muy diferentes, convergieron en esa “Suiza de América” que fue el Uruguay de comienzos del siglo Veinte. Pero en vez de negar esos dolores, los reconoce, los procesa, los integra en su memoria colectiva. Lo que otros países esconden bajo la alfombra, Uruguay lo sienta a la mesa del debate público, con transparencia y dignidad.
LA DEMOCRACIA COMO SIEMBRA VIVA
Así como el país, la democracia uruguaya no es perfecta. Pero es una de las pocas que respira sin respirador. Está sostenida por un sistema de partidos resiliente, por instituciones que funcionan y por una ciudadanía que no se deja seducir por atajos. “Esta foto es una rareza en el mundo —dijo Andrés Ojeda, anfitrión del acto—. Es la envidia de países más grandes. Porque demuestra que la convivencia es posible, incluso en la diferencia.”
Julio María Sanguinetti, presidente de la transición, recordó que el primero de marzo de 1985 no fue solo una fiesta: fue un acto de responsabilidad. “Mientras hablaba, pensaba en los bancos. Estaban fundidos. Si el lunes había una corrida, se nos caía todo.” Y sin embargo, persistía una certeza: “La democracia es una conquista, y hay que cuidarla todos los días.”
José Mujica, con su habitual lirismo y melancolía campesina, apeló a la raíz humana de la república. “No alcanza con la inteligencia. Se necesita la emoción profunda. Porque los seres humanos somos animales emocionales que aprendieron a pensar.” E insistió en lo esencial: “¿Para qué se precisa la libertad? Para discrepar.”
Luis Alberto Lacalle Herrera aportó su habitual lucidez descontracturada: “El primero de marzo es gloria; el dos, empieza el problema. El que asume cree que lo aplauden por bueno, pero el martes ya es responsable de todo.” Reconoció el rol de Sanguinetti como “piloto de tormentas” y alertó sobre los peligros de una democracia que aún arrastra heridas sin cerrar: “Si no resolvemos el pasado con justicia y sabiduría, seguiremos caminando con la mochila llena de piedras.”
Luis Lacalle Pou, desde la distancia, subrayó el valor internacional de la foto republicana: “Esa imagen de expresidentes sentados con el presidente en ejercicio cotiza en bolsa. Es un activo. Porque donde hay convivencia, hay confianza. Y donde hay confianza, hay desarrollo.”
ORSI: EL BROTE VERDE QUE MIRA HACIA ADELANTE
Yamandú Orsi, el más joven de los protagonistas presentes en el acto, y mi contemporáneo y coterráneo (nacimos en el mismo año de 1967 y nuestra infancia transcurrió en ese “micro-Uruguay” que es el Departamento de Canelones, que es un espejo “a escala pequeña” de la estructura productiva y social del país), como muchos de nuestra edad, no llegó a votar en 1984.
Orsi entraba a sexto de secundaria cuando la democracia regresaba, silenciosa pero fértil, como una semilla regada por la esperanza de miles. En su intervención, Orsi habló no desde el poder, sino desde el testimonio: “A los 17 años, si no hacíamos política, éramos bichos raros. Y yo aprendí, en un liceo de Canelones, que se podía decir lo que uno pensaba sin miedo. Esa fue mi escuela de democracia.”
Fue quizás quien mejor expresó el milagro cotidiano uruguayo: “Cuando en una derrota electoral se ven las banderas del otro flamear con respeto, uno sabe que el sistema funciona. Porque hay partidos fuertes, debate real y convivencia.”
Orsi también recordó cómo, en sus recientes encuentros con líderes del mundo, Uruguay sigue siendo mirado con admiración: “Nos ven como una referencia. No por perfectos, sino por perseverantes. Porque en Uruguay no se gobierna solo. Se gobierna con, nunca contra.”
BATLLE Y ORDÓÑEZ: LA LINTERNA ENCENDIDA
En medio de discursos y recuerdos, José Mujica alzó una vela al pasado con su habitual humildad: “Estoy aquí porque me voy a morir pronto. Y este es mi homenaje a José Batlle y Ordóñez. Fue un grande. Y los grandes no tienen divisa. Son capital de todos.” En esa frase, acaso, se resume la verdadera esencia de la política uruguaya: no el fanatismo de trincheras, sino la comprensión de que la patria es más que un color partidario. Es un acuerdo ético, un compromiso con la vida digna y la justicia. Lo que Wilson Ferreira Aldunate, otro gran líder político del Partido Nacional, definió como “Uruguay es una comunidad espiritual”.
Ese espíritu batllista —laico, moderno, progresista y republicano— sigue impregnando las venas institucionales del país. Lo supieron Mujica, Lacalle, Sanguinetti y Tabaré. Y lo encarna hoy Orsi, que en vez de gobernar con el espejo retrovisor, intenta sembrar hacia adelante.
UNA ADVERTENCIA SERENA EN TIEMPOS TURBULENTOS
Los tiempos actuales son oscuros. Sanguinetti lo resumió con precisión: “Nadie está inmunizado contra la “anti-política”. Los populismos, la intolerancia, la desinformación son amenazas reales. Y lo que antes parecía consolidado, hoy tambalea.” Sin embargo, en esa noche montevideana de hace unos pocos días, de memorias cruzadas, lo que prevaleció fue una suerte de promesa implícita: Uruguay seguirá siendo faro. No por nostalgia, sino por convicción.
Porque la democracia no es el arte de tener razón, sino la voluntad de convivir. Y Uruguay, pequeño en mapa pero enorme en ciudadanía cívica, es hoy uno de los pocos países que puede dar lecciones sin levantar el dedo, simplemente mostrando su modo de hacer las cosas: con respeto, con instituciones, con historia.
EPÍLOGO: BROTES VERDES, RAÍCES HONDAS
Cuando el mundo duda, Uruguay persevera. Cuando otros incendian, Uruguay dialoga. Cuando la democracia es frágil, Uruguay la celebra con memoria y futuro. Tal vez por eso, a cuarenta años de su recuperación, la democracia uruguaya sigue dando brotes verdes.
Y no hay brote sin raíz.
Espero que hayan disfrutado este Alejandrario, hecho con amor a la patria de mi nacimiento, de mis padres y abuelos, a la que le debo tanto, pero sobre todo, el haberme forjado en ese crisol de tolerancia, pluralismo y amor a la democracia y a la república, con su austeridad y su sencillez tan uruguaya.
Claro que todo país, como mi querida patria adoptiva panameña nos lo demuestra, no tiene ni 100% brotes verdes, ni 100% ramas secas. Uruguay es admirable en muchísimas cosas, pero también tiene mucho que aprender de Panamá, que tiene muchas cosas que admiro y me encantan. Y de eso hablaremos en mi próximo Alejandrario. Ya la cabeza anda en modo ebullición de ideas de comparatista, que más que mi oficio, es un vicio y una dulce condena.
¡Hasta entonces! ¡Y que disfruten este video adjunto, si tienen tiempo de verlo, es un banquete de estadistas!
Alejandro Félix de Souza






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